Redacción.- El Síndrome de Hubris, o simplemente ‘hubris’, no es una enfermedad reconocida formalmente en manuales psiquiátricos, pero sí es un término cada vez más citado para describir cómo el poder puede transformar la conducta de una persona exitosa.

Su raíz proviene del griego ‘hybris’, que evoca una arrogancia tan desmedida que desafía los límites humanos y, según la mitología, puede atraer la ruina sobre quien la posee.

Este síndrome fue definido en 2008 por el neurólogo y exministro británico David Owen, y el psiquiatra Jonathan Davidson. Analizando líderes políticos del Reino Unido y Estados Unidos durante el último siglo, identificaron conductas caracterizadas por grandiosidad, omnipotencia, intolerancia a la crítica y desprecio por la experiencia ajena ¿Conoces a alguien así?

Síntomas y diagnóstico

Entre los 14 síntomas propuestos por Owen y Davidson, algunos son específicos del síndrome (como sentir que solo deben rendir cuentas ante la historia o Dios, o actuar con ‘visión amplia’ sin consideración práctica), mientras que otros comparten rasgos con trastornos como el narcisista, histriónico o antisocial.

Para diagnosticar Hubris se requiere al menos tres de estos criterios, incluyendo al menos uno de los específicos.

Además de estos criterios clínicos, otras fuentes resaltan signos claros de Hubris:

  • Autoconfianza excesiva, arrogancia y prepotencia.
  • Falta de empatía y desprecio por las normas.
  • Impulsividad e intolerancia a la crítica.
  • Aislamiento progresivo y una percepción distorsionada de la realidad.

Orígenes y desencadenantes

El desarrollo del Síndrome de Hubris no es espontáneo: se construye gradualmente cuando una persona asume poder.

Al principio puede haber dudas, pero el éxito, los elogios constantes y un ambiente sin críticas reales van alimentando el ego hasta niveles fuera de control.

Además, factores individuales como una autoestima frágil, experiencias de infancia vulnerables, entornos laborales competitivos y la falta de límites contribuyen a su aparición.

Aunque este Síndrome fue conceptualizado observando a políticos, también se ha identificado en otros contextos como empresas, instituciones religiosas, deportivas y hasta en entornos médicos.

En medicina, por ejemplo, el Hubris puede manifestarse en profesionales que pierden humildad y actúan con soberbia, lo cual afecta su práctica clínica y deteriora la relación médico-paciente.

En finanzas, ejecutivos arrogantes han llevado a catástrofes institucionales (como en Lehman Brothers o el Royal Bank of Scotland).

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Consecuencias graves

Un líder con Síndrome de Hubris puede dañar seriamente su entorno:

  • En lo profesional. Toma de decisiones erráticas sin consultar, represión del diálogo, desarrollo de culturas tóxicas e institucionalización del poder absoluto.
  • En lo personal. Aislamiento, ruptura de relaciones, dificultades para aceptar críticas y estrés emocional.
  • En lo social. Erosión de la democracia, imposición de políticas unilaterales, desprecio por la pluralidad y posible impacto mental en seguidores e instituciones.

¿Es reversible el Síndrome de Hubris?

El aspecto peculiar del Síndrome de Hubris es que puede ser reversible: muchas personas recobran la normalidad cuando dejan de ocupar un puesto de poder.

No obstante, mientras se está en ese estado, puede causar daño considerable.

Las medidas preventivas incluyen fomentar la humildad, la autocrítica, la apertura a la retroalimentación y el establecimiento de contrapesos institucionales. Liderazgos rotativos, límites temporales, transparencia, evaluación externa y asesoría independiente son esenciales para contener los brotes de hubris.

En el caso médico, promover valores éticos, calma espiritual y sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno pueden mitigar los síntomas.

También hay enfoques en psicoterapia, mindfulness, coaching y autoconocimiento que pueden ayudar a manejar impulsividad, falta de empatía o temor a la crítica.

El Síndrome de Hubris es una advertencia sobre los riesgos que trae el poder sin contrapesos ni humildad. Su aparición no es solo un problema individual, sino institucional y social.

Reconocer sus signos, limitar su desarrollo y fomentar la empatía son pasos vitales para evitar líderes infalibles y sistemas autoritarios.

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