En el sexenio de Manuel Ávila Camacho, se dio la transición de que el poder presidencial dejaba de ser militar. La era de la revolución debía pasarse a los civiles, es por ello que su sucesor fue Miguel Alemán, un hijo de un militar. Entonces, del poder militar al poder civil. La revolución se bajó del tren y del caballo y se subió al Cadillac. Así nomás, sin pasar por el sedán o por la pickup, así de una al Cadillac de la corrupción y con el Ejército a un lado.

Con Alemán, fue el sexenio de la corrupción generalizada. El “Ratón Miguelito” le decían al entonces mandatario, pero, eso sí, al Ejército Mexicano le dio la legalización de su nombre, así como la creación de la industria militar. O sea, la posibilidad de hacer dinero a la casta dorada del poder de las Fuerzas Armadas.

Además, ahí, el poder presidencial recientemente estrenado como civil utilizó al Ejército para reprimir los movimientos sociales. Eso sí, ya con industria militar en la mano. Si por algo recordamos al sexenio alemanista, es por la instauración de la corrupción institucionalizada y el uso represivo del Ejército Mexicano y la creación de un aparato policial y político como fue la Dirección Federal de Seguridad: un FBI de huarache, decía el mandatario.

El poder del Ejército se fue acrecentando con el paso del tiempo hasta ver decaer y extinguirse a la Federal de Seguridad, que de ser represora de la guerrilla pasó a ser cómplice del narcotráfico ¿Y el Ejército? Siempre leales.

En el 2018, con un país harto de los regímenes neoliberales, el presidente López Obrador, quien tenía un discurso antimilitarista en los últimos años, dio un giro y terminó de crear un dispositivo de seguridad civil, pero desde el orden militar: la Guardia Nacional. Nomás cambió a militares el uniforme, pero sin conocer lo esencial de la labor policial. Así sacó a miles de militares a las calles con disfraz de policías.

No había más, pero algo se tenía que hacer. Además, con el presidente López Obrador el pacto alemanista con las Fuerzas Armadas se acrecentó, ampliaron cláusulas. No sólo serían ahora policías, sino que también les dio la posibilidad de hacer obra y un sinnúmero de funciones dentro de la administración pública federal. No sólo eran las armas de la patria, sino que también los volvió empresarios de la construcción de sus grandes proyectos y con una ley a modo: todo lo que apruebe estratégico la titular del Ejecutivo no lo regulará dicha ley. Patente de corso, le llaman.

A los generales, como en el período revolucionario, les dieron poder para crear riqueza, desde la obra pública y los proyectos emblemáticos del presidente.

El pacto que las Fuerzas Armadas tienen con el poder establecido desde Miguel Alemán ha sido una historia de impunidad y de memoria colectiva de abusos, y en la Cuarta Transformación ese poder y esa impunidad han aumentado enormemente en aras del control y del orden social.

En los 70´s, en Badiraguato, la Operación Cóndor fue un fiel ejemplo del abuso del Estado y de sistemáticas violaciones a los derechos humanos y nadie pagó por ello, y por lo que se ve… nadie pagará ni por lo que hicieron en el pasado ni por lo que están haciendo en el presente ni en un tiempo futuro.

En Argentina, a los militares que asesinaban y desaparecían a ciudadanos los llevaron a juicio y a prisión. Aquí eso jamás lo vamos a ver. En Argentina dijeron: NUNCA MÁS a los abusos, asesinatos y desapariciones, y así cerró el juez la sentencia.

¿Cuándo?, ¿cuándo?, ¿cuándo? Diremos en México y en Sinaloa ¡YA NUNCA MÁS!

ES PREGUNTA QUE NO NECESITA OLVIDO.