Parte 2: “El futbol de barrio el popular, el de todas y todos”

“La historia del futbol es un triste viaje del placer al deber, a medida que el deporte se ha hecho industria ha ido desterrando la belleza que nade de la alegría de jugar porque sí”

Eduardo Galeano.

 

Extraño aquellas tardes convertidas a noches en las que lo más importante era ganarle a los de arriba (los fifís de la calle), a los de abajo (los bullys) o los de la otra calle, aquel trofeo más importante que la Jules Rimet o el más reciente trofeo de la copa del mundo, hablo del refresco más grande que pudiéramos comprar para quien ganara interminable encuentro. Las 4 piedras o ladrillos robados a cualquiera de las casas en construcción, que servirían como porterías y obviamente el asegurar que hubiera más de un jugador con pelota por si se ponchaba, volaba o simplemente uno tenía que irse al grito de sus padres.

Ni siquiera las rivalidades políticas, universitarias ni de religión nos separaban, la redonda se volvía el lenguaje y nos unía en un mismo valor comunitario, no lo sabíamos, pero el futbol hacia más que los programas de Solidaridad en los 90 o los apoyos de Prospera de los azules, la pelota rodaba y…

Volvían aquellas tardes inolvidables con el Chuchi, el Carlitos, Martín, Ramón, Pedro, Lenin y obvio su servidor contra el mundo. Portones abollados, cristales rotos, vecinos que se quejaban de los ruidos y luego terminaban echando porras son solo algunos de los recuerdos que gracias a la redonda y a otros juegos hoy nos queda, juegos que muchos de nuestros hijos solo escucharan por las transformaciones sociales, tecnológicas y de seguridad que hoy vivimos.

Para mis amigos y mis rivales va este recuerdo, y para todas y todos que dedicaron un extenso momento en leernos la semana pasada.

Claramente tengo que decir que habrá quien difiera de mí sobre si es o no el futbol el deporte más hermoso del redondo planeta, pero donde no podrán diferir es que es el más jugado y uno de los de más fácil organización para llevarlo a cabo, por ende su popularidad, su generación de identidad y su desarrollo casi en cualquier lugar del mundo, no por nada Groenlandia ha pedido a la FIFA ser admitido en alguna confederación.

Bien lo dijo Galeano en sus confesiones y hago propio, “yo no soy más que un mendigo del buen futbol”.

Y aunque él refería realmente a llegarse topar una linda jugada futbolera de quien viniera aunque no fuera su club, yo me refiero al hecho de poder volver a ver a las niñas y niños en las calles pateando a gol, soñando que son el impulso más emocionante de sus representados (barrio, colonia, municipio estado o país).

Y para muestra queridas y queridos lectores donde han quedado aquellos torneos populares, los torneos de los barrios, las cascaritas por el refresco, mis estimados cuando dicen que el futbol se ha transformado y que el futbol es negocio, no es mentira, pero también es mucho de política.

Desde el pasado siglo XX los deportes y en especial el futbol se convirtieron en una herramienta de comunicación y de identidad política, los nazis lo asumieron incluso forzosamente en los lineamientos para cualquier club que quisiera participar profesionalmente en sus ligas, en España, durante el Franquismo jugaron un papel importantísimo para la resistencia en el barrio de “Vallecas” o en el área Catalana, entre otras.

Para los brasileños, los más ganadores del mundo, y quienes volvieron aún más una fiesta este deporte formó una identidad y un sentido de lucha social en las favelas, incluso dando su golpe de autoridad cuando un deporte de “blancos” tuvo como figura a un joven Pelé o un Garrincha, jugadores salidos “desde abajo” y sin los privilegios de los jugadores acostumbrados. Ese futbol aunque aún exista y surja uno que otro garbanzo de a libra, el mismo futbol organización hoy más neoliberal que nunca ha generado que cada vez sea más selecto el quien pueda jugar de manera “profesional” y pueda probar las mieles que eso representa.

Pero, ¿y el futbol popular? No hace mucho un loco, de apellido Bielsa, entrenador de la selección de Uruguay llamaría a un jugador amateur a la selección, un joven el cual rompió todos los récords de goleo existido y con una alta dosis de orgullo por representar a su pueblo, ¿el resultado? Bueno, el joven debutó afirmando que cualquiera con suficientes tamaños y condiciones puede serlo, no fue el goleador que se esperaba para la primera selección campeona del mundo, pero arrojó algo aún más interesante, después de este llamado este joven recibió un sinnúmero de invitaciones a firmar contratos que sin duda económicamente resolverían de tajo los problemas de él y su familia, y lo sacarían del sector popular del cual provenía, pero Walter Domínguez decidió quedarse en su club, con sus amigos, con su gente, agradeció la invitación y continuó con su vida.

El futbol por romántico que pareciera suele ser un animal voraz, capaz de consumir hasta el último aliento de quienes lo practican y de quienes lo siguen, el futbol popular era el refugio de quienes amaban el tercer tiempo, (frase para conocedores) y sin duda un espacio donde todas y todos podían ser felices.

Hablo en pasado, hoy el futbol popular desde la llegada del futbol moderno y el futbol neoliberal, ha cambiado, se volvió un espacio auspiciado desde recursos privados y algo donde no todas ni todos puedan participar, lo decía bien un diputado local de Sinaloa, Rodolfo Valenzuela, los espacios públicos para hacer deporte hoy están concesionados a privados y generalmente tienen un candado para no practicar si no pagas.

Los espacios públicos con el pretexto de ser mantenidos en óptimas condiciones se convirtieron en cajas chicas concesionadas a grupos que operan lo público como privado y que sin duda apoyan campañas de cualquier color con la condición de mantener su concesión, y aquí una revelación de las mafias que operan el futbol popular, hace ya algunos años regresaba a Sinaloa a pasar unas vacaciones después de una temporada en que quise sufrir el futbol profesional, un buen día acompañado de un familiar quisimos recordar los viejos tiempos y patear al rectángulo en una cancha “pública”, al llegar a ella nos encontramos un espacio descuidado, olvidado y peligroso, con varillas saliendo sus puntas en donde podía caer un pequeño portero, y con ello lastimarse, a como pude busque en mi agenda y di con el número del alcalde del momento, esos que te buscaban para estar en la foto de la inauguración de alguna cancha de esas de moda, su respuesta a mi llamado fue “perdóname carnalito, esa cancha tiene un comité que tiene la concesión, ellos deben repararla”.

Fue allí que me di cuenta que hacíamos más los “plebes de la Universitarios” por mantener nuestras canchas, que un puñado de políticos que en sus discursos dicen mucho y a la hora “concesionan” los espacios que debieran mantener para todos y todos.

Que decir de las ligas de futbol, en su vaivén de volverse serias, organizadas, y fifís, hoy cobran millonadas, exigen balones por convenios con marcas que ni siquiera están recomendados para el uso de edades menores, se han vuelto organismos corruptos y misóginos que marginan a las niñas y niños que no tienen familias con capacidad de pago. Eso ramifica a los pequeños clubes de las colonias populares, cómo olvidar el club deportivo Libertad, a UTB, al Atlético Trizalet, este último mi primer equipo y que hoy sería impensable por la cancha que era un terreno escombrado y hoy una cancha semi pública, entre muchos otros que fueron desapareciendo y donde muchos nos formábamos siendo felices con nuestros amigos, no como hoy con clubes privados o academias, agremiados bajo convenidos y promesas de llevar jugadores, siempre y cuando firmen exclusividades, cual si fueran ganado en engorda para llevar a las empresas matadoras en Culiacancito o en este caso a los corrales rectangulares en ciudades como Pachuca, Guadalajara, Monterrey o la novedad de Tijuana, que pasó a apoderarse del único esfuerzo profesional que en Culiacán tocó la miel de la primera división.

Hoy ese es el futbol popular, uno que hasta se volvió improductivo, pero que tiene más audiencia que muchos clubes profesionales de segunda o tercera división, basta ir a ver la talacha en Mochis o Mazatlán, y no menciono Culiacán, porque su talacha conocida como primera fuerza pasó a no existir al arrancar la crisis de violencia, (quien sabe por qué).

Pero la talacha no es exclusiva del futbol, se repite en el diamante y otros deportes, se vuelve un mercado de piernas donde exprofesionales o excepcionales amateurs disputan torneos locales y muy populares por el orgullo de saber quién es el mejor, aun y cuando eso signifique representar algún sector de dudosa procedencia, estos espacios se han vuelto lugar para quienes no tuvieron otra posibilidad que vivir de patear una pelota, el deporte popular al volverse celoso, y neoliberal marginó y orilló a la miseria del dinero a muchos que hoy terminaron en la talacha por necesidad y no por amor a la redonda.

Por último mis estimados lectores y lectoras, confieso que esta entrega la inicié pensando en lo escrito por Eduardo Galeano, pero al mismo tiempo cruzó por mi cabeza Jesús, y no me refiero al hombre de Nazareth, sino al joven de 15 años que a pesar de todo su madre quería cumplirle el sueño que otros no tendrían y que de no ser por un poco de suerte y fortuna quizá tampoco hubiera tenido, un joven que hace 15 años que cualquier club profesional pelearía por él, pero hoy, hoy al Jesús que salió de un barrio de la 21 de Culiacán para poder ser visto y cumplir su sueño tiene que pagar miles de pesos solo para ser visto, mis palabras para él y su desespero de hacer las cosas bien para no tirar a la basura el gran esfuerzo de su madre fueron, Jesús esta oportunidad es única, sal y disfruta lo que amas hacer, es lo que está en tus manos, sé feliz jugando al futbol, no olvides porqué lo haces que allí es donde está la magia, disfruta, disfruta y disfruta. Que los fantasmas de quienes pervirtieron nuestro hermoso juego, no manchen lo humano que le queda y su magia que hace que cualquiera que quiera, pueda jugarlo.

Nos vemos la próxima semana, en el rectángulo, en la grada o desde su casa, ¡que la pelota ruede! A mucho sol y poca sombra.