Sobra una columna más de otro opinólogo con sesgo ideológico y político para hablar sobre el aniversario que cumple la crisis de violencia en Sinaloa. Sí, esta es una más. Sin embargo, no busca rememorar ni contar ni justificar ni relatar lo sucedido, ni siquiera el poner a discusión cómo algunos opinan si esto inició o no con la intervención del país vecino para hacerse con la detención de una de las dos cabezas históricas del Cártel de Sinaloa.

Hoy vengo a platicarles que, a un año de esta ola de violencia, se dejaron al descubierto muchísimas cosas que varios, en la “narrativa sinaloense”, han escuchado más de una vez y hasta llegaron a normalizar con el fin de hacerse de la vista gorda.

Hablemos desde el rasgo histórico no oficial, pero sí contado por el popular. El narcotráfico en Sinaloa no es nada nuevo. Efectivamente, el opio, ingresado por los chinos a las sierras sinaloenses, y luego impulsado por los vecinos del norte para generar morfina para sus filas en Vietnam, generaría un mercado muy generoso para quienes, posteriormente, aprendieron el oficio y le dieron salida de modo ilegal, lo cual generó organizaciones que, con el paso del tiempo, diversificaron sus productos y “razones sociales” para convertirse en las organizaciones que hoy son. Por supuesto, siempre bajo el amparo de don dinero y la cobertura corrupta que este les generaba, incluso si esto era auspiciado por otras organizaciones extranjeras (mera suposición).

Al paso de las décadas, y luego de que las organizaciones hoy llamadas terroristas se mimetizaran con la clase política, empresaria, religiosa y de todos los estratos sociales , lograron, a base de sobornos sociales y políticos, el control de la narrativa, vendiendo una idea del narco sinaloense que era “bueno”, con un “código de ética”, al financiar algunas obras de carácter social. Eran vistos, incluso, como héroes. Con ello lavaban la sangre que derrama de las muertes producidas por sus operaciones.

Con eso podemos trasladarnos al hoy, a las organizaciones de los narcojuniors, las que crecieron bajo protección del Estado mexicano, pero también de la sociedad misma, pues hubo muchos que, incluso, los justificaron y aplaudieron, los volvieron ídolos de los niños, a quienes más tarde harían derramar su sangre.

“No basta rezar”, dice la canción. Y no, no basta, menos cuando, por un lado, los grupos religiosos pueden  encubrir al delincuente aceptándoles sus donaciones y así purificando su dinero; por el otro, se exige la “paz”, culpando al gobierno que no le convenga. Y no me mal interprete, porque a pesar de que personajes de oposición han hecho una campaña abiertamente publicitaria para responsabilizar al gobierno actual de la situación, este mismo aclaró que tendrá que responder al llamado social y a la sed de justicia. Más allá de qué tan responsable es, sí atendió de manera correcta, sí actuó en tiempo y forma, o si fue cómplice, como muchos quieren hacerlo ver, eso lo dirá la historia, esa que no perdona.

Cabe destacar que luego de un año en el que a pesar de que los tres niveles de gobierno patrullan las calles, hacen detenciones, recuperan carros robados, insertan programas de prevención y ya no se dan los famosos “topones”, al menos no como al inicio, entre convoys de grupos antagónicos, aún el clima es raro, aún tenemos que salir, como dijera alguien, teniendo que encomendar a Dios que no pase nada al salir a la calle, pensando en dónde podemos parar a escondernos si llegara a ser necesario.

Nuestra paz y tranquilidad no regresarán, al menos no como antes… si es que la tuvimos, porque también quienes hoy se rasgan las vestiduras diciendo “regrésenos la paz” son los mismos que han hecho su vista gorda durante décadas, haciendo como si Sinaloa no fuera, al menos durante las últimas décadas, uno de los lugares más violentos del mundo. Y aunque ello no justifique el momento, sí adquiere importancia al permitirnos darnos cuenta de que la clase política y empresarial (pero la de alcurnia) no tiene interés, salvo en parecer estrellas de Hollywood: subiendo historias a sus redes, haciendo como que construyen paz, mientras por el otro lado no hacen ningún esfuerzo por realmente construirla.

Hacen falta muchas cosas para construir la paz, sobre todo cuando hablamos de que una marcha por el aniversario de este “culiacanazo eterno”, por un lado, sirve para probar una militarización de la vida cotidiana como política impuesta y, por el otro, sirve para usarla como palanca política para vividores, violentos y provocadores de quienes no piensen como ellos.

Esperanza. Es lo que me genera que, a pesar de las y los provocadores que buscaron orientar la marcha por la paz a una marcha contra alguien, —lo digo porque fueron más las miles y los miles que marcharon no contra el gobierno, o contra las fuerzas de seguridad (porque se puede estar a favor o no de ellos)—, lo importante de la marcha es que las personas de a pie acudieron, realmente, para pedir que hagamos un esfuerzo colectivo por regresar la tranquilidad, la paz, la vida, la humanidad a Sinaloa.

Así que, estimadas y estimados, un año sin futbol profesional, sin palenques, sin conciertos, entre otras actividades, pero aún así tenemos la habilidad como sociedad sinaloense de reinventarnos, de salir adelante y construir un futuro mejor. El llamado debe seguir siendo a construir paz.