Reinventando la Política

 

En Culiacán en medio del marasmo de la violencia, en el centro de la ciudad se instaló un oasis de letras, por tal de alegría, un espacio donde la gente vamos a ver la herramienta más antigua de conocimiento para mejorar las sociedades: la Feria Internacional del Libro de Culiacán.

Uno puede andar entre la estatua de Antonio Rosales y de un lado a otro puede ver los stands de libros de las diferentes casas editoriales, Trillas, editorial de la UAS, de la UANL, Creativos, Siglo XXI, también está el stand de los moneros sinaloenses que tenemos a grandes artistas en nuestra ciudad, entre otros.

Uno entra a un stand de las diferentes editoriales y es como nadar en diferentes aguas, las corrientes te van arrastrando y uno se deja llevar, de stand en stand uno va viendo qué comprar y uno ve caras felices y mucha gente sonriendo por toda la plazuela, esa es una extraordinaria emoción que suelen dar los libros.

Tuve la fortuna de entrar a la presentación del escritor y amigo Alfonso Orejel sobre su novela Dios No escucha el chillido de los cerdos, comentado por el escritor Imanol Caneyada. Hubo muchos jóvenes interesados preguntando al autor sobre su obra, una novela negra en la cual pasan sucesos que podrían pasar en cualquier ciudad. Los jóvenes estaban atentos y sin duda su obra jala mucho con los bachilleres y universitarios.

Ahí Imanol dijo algo extraordinario, sobre que los autores deben escribir más desde lo local, como lo hacen los grandes autores, Auster escribía desde Nueva York y eso no lo hacía universal, lo que entendí de él es que entre más local escribes más identificable vas convirtiendo los espacios y las narrativas en otras partes del mundo.

Y hace unos días, ahí mismo en el MIA, mi amigo Martín Durán presentó su libro Los Verdugos Invisibles, presentado por otros dos grandes amigos: el gran cartonista Ricardo Sánchez Bobadilla y otro escritor de novela negra, el genial Elier Lizárraga Solís.

En ese pequeño espacio de Culiacán que es la Feria Internacional del Libro es como un pequeño país para las personas libres, no necesitas pasaporte para entrar mas que la de amar a los libros.

Al final me quedó con la reflexión de mi amigo Gregorio García, mejor conocido como el Goyo310, la FIL Culiacán cambió la narrativa entre la plebada: ¿Del qué rollo? Pasó al, ¿qué libro traes?

Sin duda así también se construye la paz y se cambia el chip. La FIL pareciera que es la paloma con la rama de olivo. Parece, en el mundo de los libros se vale soñar.

Por eso uno sueña cuando va a la FIL… Porque vuelve a ser niño otra vez.