La última vez que se escuchó eso fue a principios de este siglo, cuando se buscaba incesantemente uranio en Irak en su programa nuclear. No se encontró lo que se buscaba, pero la invasión se dio.
Se buscaba erradicar armas de destrucción masiva, pero el tema era sacar a Saddam Hussein. Esa era el arma de destrucción que Estados Unidos buscaba erradicar. Se envió una comisión de inspectores de la ONU y lo que siguió fue la invasión.
Hace unos días, el presidente Trump declaró al fentanilo como arma de destrucción masiva. La agenda del presidente Trump es buscar respaldo en la comunidad internacional para iniciar una ofensiva antiterrorista (léase como se lea) contra grupos o cárteles que “cocinen” esa droga en los diferentes países en los que se encuentren. Para eso, echará a andar a la Secretaría de Guerra y, con ello, iniciará la fiesta de los capitales de Defensa para tener su nueva guerra en el continente. No contra un país, sino contra grupos que se buscan reordenar.
En caso de prosperar esta iniciativa, Estados Unidos denunciará a los grupos que ya han sido etiquetados y solicitará que una comisión de la comunidad internacional valide la información con la que ya cuentan y, así, empezará a cocinar el respaldo internacional contra esta droga, la cual no pasó -porque era imposible- por el tamiz de las Fuerzas Armadas, a diferencia de las demás drogas, por una simple y sencilla razón: volvería inútil a una maquinaria de guerra.
Así pues, en el capitalismo de la vigilancia y el castigo, el presidente Trump inicia una nueva ofensiva. Y en México, el discurso es que ese opioide se necesita para uso farmacéutico, lo cual es cierto, pero Trump y sus carpetas van contra el fentanilo que se hace en la clandestinidad, donde, por cierto, el gobierno de México, a cada tweet del secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch, contradice el antiguo discurso presidencial obradorista de que en México no había laboratorios de fentanilo. La realidad tiene otros datos.
Lo cierto es que Trump va por Venezuela y, después, por los laboratorios de fentanilo en el continente. No habrá invasiones, pero habrá intervenciones suaves para tomar el control de dicho comercio. Es una nueva versión de la guerra del opio, pero con cowboy inmobiliario integrado.
Trump va por todo y no se quita. El saldrá de la Casa Blanca en enero del 2029 y trae el reloj con prisa para dejar el mapa diferente en el continente.
Por lo pronto, vamos a ver cómo se mueven las fuerzas de seguridad en nuestro país en cuanto a la declaratoria trumpiana. Lo más seguro es que apurarán decisiones y habrá nuevos anuncios.
Esperemos que tenga que ver con buenas nuevas en materia de seguridad. Trump trae prisa porque quiere dejar un nuevo acuerdo comercial, pero antes tiene que poner contra la pared a nuestro país, y no va a batallar. Primero elogia, y después suelta el zarpazo. ¿Qué sigue?
