Ruta Agrícola, donde cosechamos información

 

Cada 5 de diciembre el mundo hace una pausa para hablar del suelo. Es curioso que necesitemos un “día oficial” para recordar algo tan básico. Sin suelo fértil, no hay campo, no hay comida y tampoco hay futuro para millones de familias rurales. La FAO, que es la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, acaba de advertir que cerca de un tercio de las tierras cultivables del planeta ya están degradadas. Imagínelo así: de cada tres parcelas que vemos desde la carretera, una ya perdió parte importante de su vida interna. Y esa cifra se siente como un golpe fuerte para quienes vivimos pegados al sector agrícola.

La degradación avanza de maneras silenciosas. A veces empieza con una costra ligera en la superficie, de esas que hacen que el agua ya no penetre igual. Otras veces se manifiesta en el color del suelo, en su compactación, en la pérdida de lombrices o en rendimientos que se achican temporada tras temporada. Quienes nos acompañan en esta audiencia saben que cuando un suelo pierde estructura la cosecha entera se vuelve un volado que puede salir caro. Esa fragilidad aumenta la incertidumbre de productores que ya cargan con costos más altos y precios inestables.

En Sinaloa, donde buena parte del sustento regional depende del rendimiento por hectárea, este tema pesa como pocas cosas. El maíz, el frijol, las hortalizas y los frutales dependen de suelos que han sido trabajados por generaciones. Cuando la tierra comienza a perder materia orgánica o se erosiona por el viento y la lluvia, el productor tiene que invertir más en fertilización, mejorar prácticas, ajustar riegos y cuidar plagas que encuentran en la debilidad del suelo una puerta abierta. El bolsillo se aprieta y el estrés se acumula. ¿Cuántos ciclos más puede soportar un agricultor antes de que el deterioro del suelo se traduzca en pérdidas directas?

La FAO insiste en que la degradación avanza rápido por factores como el uso excesivo de agroquímicos, la labranza intensiva, el sobrepastoreo, la deforestación y el cambio climático. Muchas de estas causas parecen ajenas, pero en el campo se viven de manera cotidiana. Un suelo cansado se vuelve menos productivo, más propenso a la erosión y con mayor dependencia de insumos. Al final, mantenerlo vivo se convierte en un costo oculto que pesa en cada presupuesto agrícola, especialmente en regiones donde la rentabilidad ya se siente ajustada.

Algo que hemos visto en varias unidades agrícolas de la región es que los suelos que se trabajan sin descanso terminan perdiendo la capacidad de retener agua. Ante cada temporal, el agua escurre y no se infiltra. Y al llegar la temporada seca, el riego se vuelve más caro y menos eficiente. Estas pequeñas señales, que a veces pasan desapercibidas, son las que van marcando el declive. Y no se necesitan grandes cifras para darse cuenta: basta caminar un lote después del riego y sentir cómo la tierra se endurece o se desmorona en partículas muy finas.

En el análisis global, la pérdida de suelos fértiles amenaza la estabilidad alimentaria. En México esta preocupación tiene rostro y nombre. Menos suelo sano se traduce en menor productividad nacional y en una dependencia creciente de importaciones. Para Sinaloa, que durante décadas ha sido pilar en la producción de granos y hortalizas, este escenario complica los planes a futuro. La degradación no es un concepto técnico lejano, es un riesgo económico que afecta empleos, exportaciones y cadenas completas de comercialización.

¿Qué se puede hacer? Los especialistas coinciden en que la regeneración del suelo es posible, pero exige disciplina y visión. Prácticas como la labranza mínima, la rotación de cultivos, la incorporación de residuos vegetales y el uso responsable de agroquímicos pueden marcar la diferencia. En algunas zonas ya se están incorporando coberturas vegetales que ayudan a retener humedad y aumentan la materia orgánica. Todo suma cuando se trata de devolverle vida al campo.

El gobierno tiene un papel clave en esto. Se requieren incentivos para que agricultores pequeños y medianos puedan adoptar prácticas regenerativas sin comprometer su ingreso. También se necesita investigación local, extensión agrícola y programas de asistencia técnica que respondan a las realidades de cada región. Para los productores, el reto está en cambiar la visión de corto plazo por una mirada más amplia. Un suelo sano no es un lujo, es el seguro de vida de la actividad agrícola.

La sociedad también forma parte de esta historia. Cada decisión de compra influye en cómo se producen los alimentos. Cada vez que elegimos productos provenientes de sistemas más responsables enviamos una señal directa a toda la cadena. De pronto parece algo pequeño, pero la suma de muchas decisiones puede orientar a empresas y gobiernos hacia prácticas más sostenibles.

Cuidar el suelo es mucho más que una práctica técnica, es un acto de responsabilidad con quienes hoy viven del campo y con quienes mañana dependerán de él. En cada puño de tierra hay historia, trabajo, errores y aprendizajes acumulados por generaciones enteras. El suelo no habla, pero responde a cómo lo tratamos, y lo hace con cosechas, con empleo y con alimento en la mesa. Hoy la reflexión va más allá de costos o rendimientos y nos obliga a mirar hacia adelante con honestidad. Porque al final, cuando protegemos el suelo, estamos cuidando la continuidad del Agro y dejando una base firme para quienes vienen detrás. Y entonces la pregunta queda abierta, directa y necesaria: ¿qué suelo queremos heredar?

Esto fue Ruta Agrícola, donde cosechamos información.