El departamento de guerra de Estados Unidos publicó su Estrategia Nacional de Defensa a partir de las siguientes líneas:
“Proporcionaremos al presidente Trump opciones militares creíbles para usar contra los narcoterroristas dondequiera que se encuentren. Nos relacionaremos de buena fe con nuestros vecinos, desde Canadá hasta nuestros socios en Centroamérica y Sudamérica, pero nos aseguraremos de que respeten y hagan su parte para defender nuestros intereses comunes” (p. 3).
“El presidente -Trump- también se toma en serio el llevar a los narcoterroristas ante la justicia. Nicolás Maduro, por ejemplo, creía que podía envenenar a los estadounidenses con impunidad. La Operación RESOLUCIÓN ABSOLUTA le enseñó lo contrario, y todos los narcoterroristas deberían tomar nota (p. 9).
“Canadá y México desempeñan un papel fundamental en la defensa hemisférica, incluyendo la colaboración con el Departamento de Guerra y otras agencias estadounidenses para impedir que inmigrantes indocumentados y narcoterroristas lleguen a las fronteras estadounidenses” (p. 19).
De estos posicionamientos podemos leer lo siguiente:
La reciente Estrategia Nacional de Defensa de Estados Unidos no identifica a México como enemigo – esto es importante aclararlo-, pero tampoco lo reconoce como un socio en condiciones de igualdad. Más bien, lo sitúa en una posición incómoda: la de pieza fundamental para la seguridad hemisférica estadounidense. Esto no es otra cosa más que el reconocimiento de que somos frontera y, por tanto, perímetro. Por eso las presiones desde la Casa Blanca.
Cuando Washington ofrece al presidente “opciones militares creíbles” contra los denominados narcoterroristas “dondequiera que se encuentren”, no se trata de una declaración vaga. Es una advertencia clara de que la paciencia tiene límites y que la cooperación deja de ser voluntaria cuando se convierte en un asunto de defensa nacional. Además, por las últimas posturas de Trump, pareciera que la paciencia en él no es un bien renovable y el tiempo corre.
Ahora bien, el mensaje se intensifica al redefinir la lucha contra el narcotráfico, presentándola no como un problema policial, sino como una cruzada estratégica. Si los narcotraficantes son considerados enemigos, los territorios donde operan dejan de ser plenamente soberanos ante los ojos de quienes se sienten amenazados, y el problema es que los ojos miran desde aviones espías, desde aduanas, desde drones y Trasatlánticos, que son los mismos ojos que centellean desde la Casa Blanca.
Por eso, las presiones de Trump, quien trae prisa. Su elección intermedia es en noviembre y tiene que construir una narrativa de fortaleza de seguridad porque esa va a ser su piedra discursiva, y lo que pueda hacer en Economía, para que no se le vaya el control de la Cámara.
