A mucho sol y poca sombra
Mientras grandes tormentas de nieve y hielo azotan a Norteamérica, el calor latino se hace presente y deja fuera —incluso en un evento como los Grammys— al “hielo”.
La gala más importante de la industria musical reunió a más de un artista que decidió convertir el escenario en mensaje: un conejo puertorriqueño, una británica, un presentador afroamericano e incluso un cantante “renacido” que dejó atrás el “Baby” para gritar “ICE OUT”. A ellos se sumaron artistas mexicanos como Natalia Lafourcade, Grupo Frontera y Carin León, confirmando que la música, cuando quiere, también sabe incomodar.
“Gracias, madre, por parirme en Puerto Rico”, dijo Bad Bunny al hacer historia como el primer artista en ganar el Grammy a Mejor Álbum con un disco completamente en español. Más que una frase emotiva, fue una declaración política en tiempos donde el origen se persigue y la identidad se criminaliza.
El fin de semana dejó claro algo incómodo pero necesario: quienes tienen la capacidad de llegar a millones —artistas, deportistas, figuras públicas— no solo cargan con fama, sino con responsabilidad. No porque estén obligados, sino porque el alcance de sus palabras, canciones o silencios impacta directamente en una sociedad hiperconectada, donde un gesto se multiplica en segundos.
El contraste es inevitable. Ahí está el caso de Nicki Minaj, quien se declaró abiertamente simpatizante del presidente de Estados Unidos y de su política migratoria, incluso realizando una fuerte donación económica que le valió una especie de membresía simbólica de respaldo. El costo fue inmediato: millones de seguidores perdidos, críticas masivas, boicots públicos y el cierre de sus cuentas oficiales. El mensaje fue claro: hoy, el público también vota, castiga y cobra factura.
¿De dónde surge esta reacción colectiva?
De un contexto marcado por detenciones arbitrarias, violencia y asesinatos durante protestas contra la política migratoria en estados como Minnesota, California o Texas. Una crisis que evidenció la fragilidad del discurso oficial y que ni siquiera Donald Trump, amo y señor del espectáculo mediático, supo anticipar.
La política del showman de la Casa Blanca terminó por tocar fibras que no controla. Su terquedad por asumirse como figura todopoderosa recordó prácticas autoritarias del siglo pasado, de esas que la historia ya se encargó de condenar. El problema es que, esta vez, el hilo comenzó a romperse justo por donde el poder creyó tenerlo asegurado: el espectáculo.
La industria del entretenimiento —tradicionalmente aliada y benefactora de la clase política estadounidense— ha comenzado a tomar partido. Basta observar la ausencia presidencial en eventos que solían ser territorio propio, como el Super Bowl, donde el show de medio tiempo dará voz a artistas críticos del actual rumbo migratorio. En los Grammys ocurrió lo mismo: el mundo artístico recordó que Estados Unidos fue, durante décadas, la tierra donde los sueños de millones de migrantes se volvieron posibles. ¿Cuántas historias de éxito no comenzaron lavando platos?
Mientras tanto, en otro tablero, los actores políticos mueven fichas con torpeza, los dueños del capital aceleran sin cuidar las formas y las presiones internacionales cambian el dominó por damas chinas. En ese escenario, el “hombre naranja” insiste en negar vínculos incómodos: empresarios corruptos, políticos señalados y archivos como los del caso Epstein, que siguen salpicando a figuras del poder económico y político global.
El mundo se reacomoda. Canadá abre puertas a Europa y Asia, China redefine alianzas y México resiste los embates de una megalomanía ajena que, inevitablemente, nos impacta. La pregunta ya no es qué está pasando, sino quiénes se atreven a decirlo.
Porque hoy, en medio del ruido, el silencio también es una postura. Y la “artisteada” —actores, deportistas, celebridades— tendrá que decidir si prefieren seguir siendo parte del show… o asumir el costo de incomodar al poder.
Hasta pronto.
