Arrancamos 2026 con una paradoja incómoda sobre la mesa. El mundo tiene maíz de sobra, los números globales se ven sólidos, incluso optimistas. Pero en México, y especialmente en las regiones productoras, la sensación es otra muy distinta. Hay grano, sí, pero también hay incertidumbre, precios que no alcanzan y decisiones que siguen sin aparecer cuando más se necesitan.

 

A nivel mundial, el mercado manda una señal clara: la oferta continúa creciendo. El USDA, el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, elevó su estimación de producción global de maíz a alrededor de mil 296 millones de toneladas. China ajustó al alza su cosecha, Brasil mantiene una safrinha robusta, Argentina apunta a un volumen histórico y Estados Unidos vuelve a sorprender con rendimientos récord. Todo esto empuja las existencias finales globales a casi 291 millones de toneladas. Cuando el mundo se llena de grano, el precio suele pagar la factura.

 

Estados Unidos es pieza clave en esta historia. Para el ciclo 2025/26, el USDA estima una cosecha superior a 432 millones de toneladas, impulsada por mayor superficie y rendimientos nunca vistos. El problema es que ese crecimiento no vino acompañado de una expansión equivalente de la demanda. El consumo para etanol se estancó, las exportaciones siguen fuertes, pero con señales de desaceleración, y las existencias finales crecieron más de lo que el mercado anticipaba. El resultado es un entorno de precios presionados, con futuros alrededor de 167 dólares por tonelada en Nueva Orleans, lejos de los niveles que muchos productores aún recuerdan.

 

Ese contexto internacional baja directo al campo mexicano. Durante 2025, las importaciones de maíz alcanzaron un nuevo récord de casi 25 millones de toneladas. De acuerdo con el GCMA, el Grupo Consultor de Mercados Agrícolas, la mayor parte fue maíz amarillo para la industria pecuaria e industrial, pero llamó la atención el fuerte incremento en las compras de maíz blanco. México sigue siendo el primer importador mundial y el séptimo productor, una combinación que explica buena parte de la presión que se vive internamente.

 

Para 2026 se estima una ligera reducción en las importaciones, hacía poco menos de 24 millones de toneladas, apoyada en una recuperación parcial de la producción nacional. Aun así, la dependencia sigue siendo estructural. El consumo total ronda los 49 millones de toneladas, muy por encima de lo que el país logra producir.

 

En el territorio, el panorama se vuelve más áspero. En Chihuahua aún permanece más de un millón de toneladas de maíz amarillo sin colocarse. En el Bajío, particularmente en Jalisco, la cosecha avanza con buena calidad, pero el grano entra a bodegas en depósito, sin precio definido y con compradores que prefieren esperar. En Sinaloa, todavía quedan alrededor de 100 mil toneladas sin comercializar, presionando un mercado ya saturado por la amplia oferta nacional.

 

Aquí aparece el punto más sensible para el productor. La cosecha se acerca y las preguntas se acumulan. ¿A qué precio voy a vender? ¿Quién me va a comprar el maíz? ¿Habrá apoyos o esquemas de comercialización claros? ¿Podré obtener un ingreso rápido para cubrir los créditos que me permitieron sembrar?

 

Porque el problema no es menor. Muchos productores llegan a este ciclo con deudas arrastradas de temporadas anteriores, con financiamientos que vencen al momento de la cosecha y con muy poco margen para esperar mejores condiciones. El maíz está en el campo, el costo ya está hecho, pero el ingreso sigue siendo una incógnita.

 

El caso de Sinaloa lo refleja bien. Para el ciclo Otoño–Invierno 2025/26 se autorizaron cerca de 297 mil hectáreas, con una producción estimada de poco menos de 4.7 millones de toneladas. Es una recuperación importante frente al ciclo previo, pero sigue por debajo del promedio histórico. El problema central no es el volumen, es la rentabilidad. Con los precios actuales, muchos productores saben que el ingreso no cubre los costos de producción, y eso vuelve frágil toda la cadena.

 

En Tamaulipas, el escenario suma otro ingrediente de riesgo. Las siembras avanzan con baja humedad en suelos y pronósticos de lluvias por debajo de lo normal. Menor producción local, precios débiles y maíz importado abundante forman una combinación complicada para el próximo levantamiento de cosecha.

 

Si miramos los precios internos, el mensaje es de cautela. En pesos por tonelada, el promedio proyectado para 2026 se mantiene en niveles similares a los de los dos últimos años, sin señales claras de recuperación. El mercado descuenta abundancia y castiga al productor que llega sin cobertura, sin almacenamiento o sin una estrategia clara de venta.

 

Todo esto nos lleva a una pregunta inevitable: ¿cómo pedirle al productor que siga sembrando cuando llega a la cosecha sin certezas básicas?

 

El maíz sigue siendo estratégico para México, en lo económico, en lo social y en lo alimentario. Pero 2026 arranca dejando claro que la abundancia global no se traduce automáticamente en tranquilidad local. En este ciclo, más que nunca, sembrar sin estrategia es sembrar incertidumbre.

 

Esto fue Ruta Agrícola, donde cosechamos información.