Reinventando la Política
En la política mexicana, la evolución no siempre implica cambio o mutaciones en las formas de ejercerla; actualmente solo implica mejorar la redacción o cambiar la grámatica. Las prácticas continuan intactas, se prevalecen, sobreviven, se adaptan y se renombran. Primero fue el dedazo, luego fue la consulta abierta, luego la “encuesta” y así, entre la nostalgia y la creatividad, nace el más reciente hallazgo del PRI: el Alitazo.
Porque, seamos justos, había que actualizarse de la forma que fuera. El viejo dedazo —tosco, evidente, casi sin modales— ya no es presentable en tiempos de institucionalidad electoral. Hoy se requieren formas más sutiles, más narrativas. El tema es que ya no se “designa”, ya no se “impone”, ahora se “defiende”. Y así, con un giro semántico digno de taller de comunicación política, aparecen los “defensores de México”. Mientras en la 4T que performó el “dedazo” en “encuesta”, ellos designan a los defensores de los comités de cuarta transformación.
Así entre defensores y defensoras, nos permite resolver, de un solo movimiento, varios problemas: evita procesos internos desgastantes, ahorra el riesgo de la competencia real y, sobre todo, mantiene intacto el principio fundamental de toda organización disciplinada: que alguien decida por todos, pero con elegancia discursiva.
Alejandro Moreno, en este sentido, no está improvisando; está copiando y reinterpretando. Ha entendido que en política no gana quien inventa, sino quien adapta o quien copia. Y si el oficialismo logró instalar figuras previas a la candidatura bajo un nuevo lenguaje, ¿por qué la oposición habría de quedarse atrás? El resultado es un curioso fenómeno de espejo: el PRI, que durante años fue sinónimo de imposición, ahora ensaya una versión modernizada… de sí mismo.
Lo entrañable del Alitazo es que ni siquiera intenta ocultar demasiado. No hay largas coreografías participativas ni simulacros extensos. Es una práctica directa, casi honesta en su verticalidad. Una especie de minimalismo político: menos formas, más control.
Desde luego, todo esto ocurre bajo la mirada de una legislación electoral que intenta ordenar los tiempos y los actos. Pero la política mexicana tiene una virtud inagotable: siempre encuentra cómo decir lo mismo con otras palabras. Si no se puede ser candidato, se puede ser “defensor”. Si no se puede hacer campaña, se puede “recorrer”. Y si no se puede imponer, se puede… reinterpretar la imposición.
Al final, más que una innovación, el Alitazo es una traducción. Y como toda traducción, revela tanto del original como de quien la adapta.
Porque si algo ha cambiado en los últimos años no es el fondo del poder, sino su gramática. La llamada 4T no eliminó el dedazo: lo conjugó distinto. Lo transformó en encuesta, en proceso, en narrativa de participación. Pero incluso ahí, para aparecer en la boleta de la decisión, primero hay que formar parte del círculo: ser “defensor”, estar dentro, existir políticamente.
El PRI, siempre atento a las lecciones del poder, ha decidido aprender el idioma. Y en ese intento, el dedazo no desaparece: muta, se disfraza, se moderniza.
La imposición no se crea, ni se destruye solamente se… Transforma.
Hoy ya no cae nada desde arriba. Hoy se mide.
O al menos, se dice que se mide.
Y en esa sutil diferencia, cabe toda la historia reciente de la política mexicana.
