En nuestro país, las fiestas siempre han sido algo más que eso: son demostraciones de status y poder, son mensajes. A veces, son confesiones públicas de una época o de una forma de ostentar el poder.
La reciente celebración de los XV años de la hija de un petrolero tabasqueño —con lujo desbordado, invitados selectos, despliegue de música, decoración y poder— ha generado reacciones de toda índole. No se habla solamente de un festejo familiar, sino de lo que representa: la aparición de una nueva élite que celebra el poder sin demasiada preocupación por disimularlo.
La escena remite, inevitablemente, a otro momento de la historia mexicana: los años del alemanismo. Durante el sexenio de Miguel Alemán Valdés (1946-1952), México inauguró una etapa en la que el poder político se mezcló con el dinero, la obra pública, los negocios privados y una vida social exuberante. Era el México que construía carreteras, hoteles y presas, pero también el México de las fiestas interminables, de los yates en Acapulco y de una clase gobernante que se comportaba como nueva aristocracia revolucionaria.
El alemanismo no solo fue un proyecto económico, fue un estilo donde la modernización convivía con el lujo ostentoso, donde los funcionarios y empresarios cercanos al poder celebraban su cercanía con el régimen a través de banquetes, reuniones exclusivas y celebraciones que parecían sacadas de una revista de sociedad.
No en balde Luis Spota escribió su libro “Casi el paraíso”. Ahora bien, si en el alemanismo hubiese redes sociales, tal vez lo que vivimos hoy sería pecata minuta a lo que le tocó vivir a esa nueva casta de la Revolución. Hoy, la casta de la Transformación, setenta años después, parece repetir la historia con ajento del sureste.
Tabasco —tierra petrolera, tierra de poder político en los últimos años— ha producido una nueva generación de personajes cuya riqueza y cercanía con las decisiones nacionales es evidente. Y cuando ese poder decide celebrarse en público, lo hace como lo hacen las élites en cualquier época: con música, con vestidos espectaculares, con invitados que representan la red de influencias.
Los XV años, en la cultura mexicana, son tradicionalmente una celebración, pero cuando la fiesta se convierte en espectáculo político-social deja de ser solo un rito familiar: se vuelve un retrato del momento histórico, se vuelve, en ciertos estratos, una forma de ostentar el poder.
En el México del alemanismo, las fiestas eran la metáfora de una élite que se sentía segura de sí misma, convencida de que el país entraba a una etapa de prosperidad donde el poder podía disfrutarse abiertamente.
Hoy, cuando un festejo privado provoca conversación nacional lo que realmente se discute no es el vestido ni el salón ni la música, lo que se discute es si estamos viendo el nacimiento de una nueva élite política que, como en los años cuarenta, comienza a sentirse cómoda celebrando el poder.
Ahorita, Tabasco, que es un edén, parece casi el paraíso… pero no todos ven las señales de los nubarrones. Fue, quizá, un mal momento para ostentar porque en México, cuando la ostentación comienza a celebrar demasiado pronto, el poder de verdad suele apagar la música antes de que termine el baile.
Estamos en un nuevo capítulo de “alemanismo tropical”, y ya sabemos cómo acaban esas fiestas
