En política, la lealtad se pega: la traición es la morralla con la que se paga todos los días, escribió Carlos Fuentes en la Silla del Águila. Pareciera que el autor de la región más transparente clarificaba a la partidocracia mexicana y, en este momento de la historia, al Partido del Trabajo, por aquello de que le debe lealtad a la 4T. ¿O que le deberá?
Hoy, el Partido del Trabajo parece estar descubriendo esa vieja lección literaria. Durante años, fue aliado incondicional, comparsa disciplinado y, en más de una ocasión, salvavidas electoral, pero, en el tablero actual, el famoso “Plan B” parece no incluirlo con la misma claridad de antes. Ya no son imprescindibles. Y eso, en política, es el principio del desplazamiento. Hay deslealtad de un lado y deslealtad del otro.
Estamos viendo el lado “B” del amor con amor se paga: ¿traición con traición se paga?
La hipótesis es sencilla, pero potente: si la presidenta aparece en la boleta de la revocación de mandato, el juego cambia radicalmente. La consulta deja de ser un mecanismo de evaluación para convertirse en una operación de movilización política pura. En ese escenario, el capital político se concentra en una sola figura, capaz de arrastrar votos, estructuras y narrativas sin necesidad de intermediarios incómodos o aliados que negocien caro su respaldo.
¿Se imaginan a la presidenta haciendo campaña por la revocación en Sinaloa, con esos mítines apoteósicos, diciéndole lo mucho que se le ama, y en el mismo templete, y con el uso de la palabra, a la persona que fungirá como candidata o candidato a la gubernatura de Sinaloa?
Entonces, dicho de otro modo: si la figura presidencial garantiza por sí misma la activación de la maquinaria electoral, ¿para qué repartir cuotas?, ¿para qué sostener alianzas que ya no suman, sino que ¿exigen?
Ahí es donde el PT empieza a perder tracción. No porque haya cambiado, sino porque el contexto lo ha vuelto prescindible. Su fuerza, históricamente anclada en la negociación, se debilita cuando la lógica deja de ser coalicional y se vuelve plebiscitaria.
Pero mientras el PT parece no terminar de leer el momento, el Partido Verde sí lo hizo. Con ese olfato pragmático que lo caracteriza —más cercano al termómetro que a la ideología— el PVEM entendió que el centro de gravedad del poder no está en las alianzas formales, sino en la cercanía directa con el régimen, y actuó en consecuencia.
No es la primera vez que el Verde cambia de piel. Su historia política es, en realidad, una larga secuencia de adaptaciones exitosas, pero esta vez la jugada es particularmente reveladora: no solo se alineó, sino que se adelantó. Leyó que el “Plan B” no necesita socios incómodos, sino operadores eficaces.
Así, mientras el PT insiste en su papel de aliado histórico, el Verde ya juega en otra cancha: la de los que no preguntan si son necesarios, sino cómo mantenerse dentro del núcleo del poder.
La ironía es evidente. En un sistema que durante años criticó el viejo “dedazo”, hoy asistimos a su mutación más sofisticada: ya no se designa, se consulta; ya no se impone, se moviliza, pero el resultado es el mismo: la concentración de decisiones en un solo punto.
Y en ese punto, la aritmética política es brutalmente simple: los aliados valen mientras suman. Cuando dejan de hacerlo, sobran en la mesa de juego.
Y en el juego la presidenta va en la boleta: Morena-Sheinbaum son las marcas para ganar todo y quitarse lo más que se pueda a los aliados. El Verde ha tenido fichas para quedarse en la mesa, pero el PT se está viendo lento.
Quizá el problema del PT no es que no lo estén tomando en cuenta, quizá el problema es que no se dio cuenta de que el juego ya cambió.
