Reinventando la Política
Durante décadas la política mexicana tuvo varias reglas no escritas, pero se entendían, pero había una en particular en el tema de las sucesiones -presidenciales y de estados-: los reflectores se trasladaban al posible sucesor o sucesora, y la maquinaria política empezaba a alinearse con quien parecía destinada o destinado a convertirse en candidata o candidato. Era el viejo ritual del viejo sistema: el poder se mudaba antes que que terminara el sexenio.
Hoy, bajo el método que impulsan en Morena, ese libreto parece alterado. La nueva figura de “coordinadores de la Cuarta Transformación”, que es una especie de antesala para la candidatura al gobierno estatal, redefine el momento en que se decide quién encabezará la carrera electoral para el 2027.
En el caso de Sinaloa, el escenario adquiere un matiz particular, porque mientras las aspirantes y los aspirantes van buscando simpatías, van trazando narrativa y presencia, el gobierno estatal parece moverse en sentido contrario al viejo guión: no pierde poder, lo va a acumulando.
La paradoja es evidente. Tradicionalmente, cuando la sucesión se aproximaba, el gobernador entraba en una etapa de debilitamiento. Los grupos empezaban a mirar hacia el futuro. Hoy ocurre una variante: si bien es cierto las pretensas y pretensos buscan apoyo y recorren el estado, el poder estatal se va concentrando cada vez más. Al mismo tiempo, que comienza a dibujarse la competencia interna.
Esto abre varias preguntas que en el pasado tenían respuestas automáticas. La primera, ¿dónde se tomará la decisión?
En ese sentido, si el método de Morena replica lo ocurrido en la elección presidencial de 2024, la designación no será una candidatura inmediata, sino una coordinación estatal de la 4T, ¿definida mediante encuestas, posicionamiento político? ¿Voto de militancia? Y, ¿acuerdos internos? ¿Habrá varias candidatas y candidatos o solamente una persona?
Pero detrás de ese método, continúa la misma interrogante: ¿Quién tendrá la última palabra a la hora de decidir la candidatura de Sinaloa?
¿Será la presidenta Sheinbaum quien marque la ruta para evitar fracturas internas? Aunque diga que tiene licencia partidista, es una voz cantante. No hay que olvidar, es quien tiene a los militares en operativos. En política, quien controla la calle gana.
¿Seguirá pesando la influencia del fundador del movimiento, Andrés Manuel López Obrador, cuya voz gravita en las decisiones estratégicas?
¿O, en un giro poco común en Morena, se permitirá que el gobernador tenga un papel decisivo en la sucesión? La respuesta importa porque cada escenario dibuja un futuro distinto.
Si la decisión viene desde el centro político del país, la lógica será la de equilibrios nacionales, lealtades y continuidad del proyecto político.
Si la definición se inclina hacia el gobernador, la sucesión podría convertirse en un proceso de control territorial del poder estatal.
Por eso la disputa rumbo a 2027 no necesariamente será la clásica lucha entre grupos políticos. Puede convertirse en algo más complejo: una tensión entre popularidad y poder, entre legitimidad social y control político.
En otras palabras, un escenario es que en Sinaloa podría vivir una sucesión donde la persona que resulte electa no necesariamente coincida con quien concentre las palancas del poder. El otro escenario es que el control político local pueda fijar la sucesión y un tercero es nada para nadie, y del centro envíen a alguien externo y eso sí para los grupos en Morena sería juego nuevo, aunque no para las élites.
En Sinaloa, se irá a pedir el voto en medio de patrullas de militares y federales, “jabitas”, “mazapanes”, “ocelotes”, “verdes” y “pandas”. Todo un ecosistema de política y violencia. Todo está en juego. Por eso la pregunta de fondo no es quién quiere gobernar Sinaloa en 2027. La verdadera pregunta es quién decidirá quién puede hacerlo.
Y quien decide, también está decidiendo quién tendrá el control absoluto del monopolio de la violencia. En todas sus formas. Esa será la decisión en la combinación en 2027: el ensamble entre poder político por un lado y monopolio de la violencia por otro. En todas sus formas.
Esa es la clave, para la pacificación y todo lo que resulte.
