Reinventando la Política
Hace días Michoacán nos recordó el abril de 1999 cuando en Columbine, Estados Unidos, dos alumnos mataron a compañeros de su secundaria, en la tierra del General Cárdenas -donde la cultura de la pistolización es desde antes de la Revolución- ahí un menor de edad con un fusil de 5.56 (para las fuerzas de la OTAN) mató a dos de sus profesoras.
La masacre de Columbine, en Estados Unidos, marcó a toda una generación. Fue analizada hasta el cansancio: psicólogos, sociólogos, medios de comunicación y gobiernos se volcaron a entender qué había fallado. Se habló de bullying, de acceso a armas, de cultura armamentista, de salud mental, de videojuegos, de música, de todo.
La pregunta de fondo era clara: ¿cómo es posible que esto ocurra aquí?
En contraste, el caso de Osmer en Michoacán —como muchos otros en México— no detona la misma pregunta, sino otra más inquietante: ¿De dónde nos vino esto? Y ahí comienza el verdadero problema, ya que nadie la vio venir.
Porque mientras en contextos como el de Columbine la violencia irrumpe como excepción que exige explicación, en regiones atravesadas por la violencia estructural, como buena parte del país, los hechos dejan de ser anomalías y se convierten en rutina. Ya no se investigan como síntomas, sino que se consumen como noticias efímeras.
El riesgo de esta normalización no es menor: cuando una sociedad deja de escandalizarse, también deja de cuestionarse.
No se trata de equiparar contextos —sería un error simplista—. Estados Unidos enfrenta problemáticas propias, como la cultura armamentista y la individualización extrema. México, por su parte, carga con dinámicas más complejas: desigualdad, impunidad, presencia del crimen organizado y una erosión profunda del tejido comunitario.
Pero hay un punto donde ambas realidades se tocan: la fragilidad de los entornos que rodean a los jóvenes.
En un caso, la violencia aparece como ruptura; en el otro, como continuidad.
Porque cuando la violencia deja de ser inexplicable, también deja de ser urgente. Se vuelve parte del guion cotidiano, algo que “pasa allá”, algo que “siempre ha sido así”. Y en ese tránsito, lo verdaderamente grave no es solo el hecho violento, sino la capacidad social que se pierde para reaccionar frente a él.
Tal vez la diferencia entre Columbine y Michoacán no está en la magnitud de la tragedia, sino en el tipo de preguntas que provocan.
Y más cuando esas preguntas jamás se contestan.
Y las atrocidades continúan.
