Reinventando la Política

 

El día de ayer se presentó en la UAdeO Culiacán el libro Exhumar la Esperanza, una etnografía feminista en el país de las fosas, de la antropóloga Rosalva Aida Hernández Castillo. La obra fue comentada por la académica y activista Karla Galindo, el buen amigo y periodista Marcos Vizcarra y la propia autora, en el auditorio 1 de dicha casa de estudios.

Exhumar la esperanza es un libro que se lee y pesa, ya que nos obliga a detenernos a observar la tragedia que pasa en nuestro país y en nuestro estado: el de la desaparición forzada. El libro no sólo tiene cifras, es tierra removida.

La autora desarrolla conceptos valiosos en su investigación como el dispositivo desaparecedor, que va desde quién secuestra, quién mata y hasta el burócrata que entorpece los trámites o dificulta que los familiares reclamen un cuerpo en la morgue; otro concepto bastante poderoso es el de la pedagogía del amor, si partimos del concepto de la antropóloga Rita Segato de la pedagogía del terror, donde los cuerpos de personas masacradas, asesinadas, expuestas en fosas clandestinas se han convertido en una semántica de violencia patriarcal.

Ahora bien, la autora plasma que la práctica de las mujeres buscadoras convierte a los cuerpos de sus hijas e hijos en personas que son reintegradas a sus comunidades. Las exhumaciones y el trato amoroso de los muertos confrontan esa pedagogía con una pedagogía del amor.

Este libro no romantiza la búsqueda ni convierte el dolor en espectáculo. Al contrario: desnuda el abandono. Muestra cómo la tarea de buscar a los desaparecidos ha sido trasladada, casi sin pudor, del Estado a las familias. Madres, padres, hermanas que aprenden a remover la tierra, usar varillas, picos y palas no por vocación, sino por necesidad. Gente que no estaba preparada para esto. Exhumar deja de ser un acto forense y se convierte en un gesto político.

Y eso, explicaron los comentaristas, investigar y visibilizar es un acto político.

Hay algo profundamente incómodo en Exhumar la esperanza: evidencia que la violencia no termina con la desaparición. Continúa en la burocracia, en la indiferencia institucional, en los expedientes empolvados, en los “regrese mañana”. La desaparición forzada no solo borra cuerpos; erosiona el tejido social, suspende el duelo, congela el tiempo. En eso que la autora llama violencia burocrática.

Pero el libro no se queda en la denuncia. En medio del horror, aparece algo más difícil de nombrar: la comunidad. Colectivos que se organizan, saberes que se comparten, afectos que sustituyen a un Estado ausente. La esperanza aquí no es ingenua ni luminosa: es una esperanza excavada, frágil, construida entre restos humanos y silencios oficiales.

Y eso pidió la autora en la presentación, que cada quien desde su trinchera se sume a visibilizar estos esfuerzos en la búsqueda de estas madres que entre la tierra buscan la verdad con las manos y con esas mismas manos exhuman la esperanza.

Leer Exhumar la Esperanza es aceptar que la memoria no siempre es un archivo ordenado; a veces es una fosa abierta.