“En una guerra no existe quien gane cuando el pueblo paga con sangre el costo de la riqueza de unos cuantos ”
Lo que hoy se vive entre Estados Unidos, Israel e Irán no es una “crisis repentina” ni un enfrentamiento aislado. Es la expresión más brutal de un patrón histórico: potencias imperialistas que, como norma, atacan primero bajo pretextos prefabricados y luego justifican su violencia con narrativas de seguridad. En el epicentro de esta lógica está el ataque inicial, denunciado por fuentes iraníes, contra una escuela en el sur de Irán que dejó, al menos 84 niñas asesinadas, un horrendo símbolo de la injusticia que acompaña a las intervenciones occidentales en nombre de la “estabilidad”.
Esta narrativa de indignación en todo Medio Oriente no debe deslindarse de un proceso más amplio. Las ofensivas militares coordinadas por Estados Unidos e Israel, promovidas por líderes que desde hace años han presentado a Irán como una “amenaza existencial”, son parte de una estrategia consciente para imponer hegemonía y reconfigurar el orden regional a favor de intereses occidentales y aliados autoritarios.
Dicho hace apenas unas horas desde Washington, representantes como el secretario de Defensa han insistido en que la campaña “no será interminable” y que busca objetivos técnicos y puntuales, pero también han admitido que se esperan más bajas estadounidenses, un hecho claro de que esta misión no es una intervención limpia ni cuantificable en resultados. En Tel Aviv, el primer ministro no ha ocultado su deseo explícito de debilitar o incluso derrocar al liderazgo iraní, asesinando ya al líder político y religioso Iraní, el “ayatola Jamenei”, reconstruyendo el mapa geopolítico según criterios ideológicos hostiles a cualquier autonomía fuera de la órbita occidental.
Mientras tanto, el presidente iraní y las autoridades revolucionarias han denunciado la intervención como una declaración de guerra y un ataque no solo contra un gobierno, sino contra un pueblo que sufre las consecuencias del bombardeo y las sanciones combinadas. Esta narrativa de resistencia frente a la agresión externa, frecuentemente marginada, describe un pueblo que es empujado a defender su territorio y su soberanía bajo condiciones extremadamente desfavorables.
La respuesta internacional hasta ahora revela que estamos frente a un peligroso punto de inflexión. Organismos regionales y estados vecinos, desde Pakistán hasta Afganistán, han expresado su alarma. Pakistaníes han advertido ante la ONU que este conflicto puede “desencadenar una conflagración regional” y han condenado la violación de la soberanía iraní, apelando a los principios del derecho internacional. Afganistán, con una frontera extensa con Irán, ha señalado que la escalada ya impacta negativamente a su población y economía, temiendo que la guerra se propague aún más y agudice conflictos antiguos como los que aún persisten en Pakistán.
Esta dinámica recuerda, con una claridad alarmante, los trágicos resultados de las intervenciones recientes en Afganistán y Pakistán: guerras interminables que devastaron vidas, destruyeron economías y reforzaron la presencia militar estadounidense en regiones enteras bajo el pretexto de combatir amenazas abstractas. Hoy, el conflicto con Irán corre el riesgo de convertirse en un nuevo teatro de confrontación global, donde se repite la estrategia de “derribar al enemigo allí antes de que llegue aquí”, desestabilizando zonas enteras de Asia y Medio Oriente para luego justificar intervenciones prolongadas.
Las consecuencias humanitarias de esta escalada son inmensas. Organizaciones médicas internacionales calculan miles de muertos; ataques a zonas civiles, hospitales y escuelas han creado una crisis en la que las víctimas reales, no los ideólogos que abogan por “seguridad”, llevan las cicatrices de la violencia. Estados Unidos e Israel sostienen que sus ataques buscan neutralizar amenazas militares, pero mantienen silencio sobre el hecho de que estos bombardeos han destruido infraestructura civil básica, han provocado desplazamientos y han fracturado comunidades enteras.
Desde una óptica crítica, la clave no está en simplificar la guerra como una disputa entre buenos y malos, sino en entender quién beneficia y quién sufre. Las potencias occidentales, históricamente acostumbradas a intervenir en países como Irak, Libia o Siria para reconfigurar las balanzas de poder, se posicionan permanentemente como árbitros del “orden global”, aun cuando sus acciones violan normas internacionales y generan más víctimas que resoluciones.
La amenaza de expansión no es un cliché periodístico. Países como Pakistán, ya tensos por sus propios conflictos internos y su relación con Afganistán, observan con inquietud cómo el espectro de enfrentamientos armados cruzando fronteras podría reactivarse. Un conflicto que comenzó con bombardeos sobre escuelas o centros residenciales, sufrido por niñas y niños, puede ahora transformarse en un efecto dominó que arrastre a múltiples naciones hacia una lógica bélica imposible de controlar desde los salones de poder.
Esta guerra no debe ser legitimada por discursos oficiales que presentan al “enemigo” como una amenaza abstracta para justificar ataques masivos. No es defensa, sino política exterior expansiva disfrazada de seguridad. No es protección, sino imposición de hegemonía. No es incidental, sino parte de una larga cadena de intervenciones donde los pueblos sois siempre las víctimas reales y recurrentes.
Y mientras líderes occidentales hablan de objetivos técnicos, regímenes de cambio y neutralización de amenazas, la historia sigue mostrando quiénes pagan el precio de la guerra: los pueblos, no los políticos.
Mientras tanto, más de una docena de mexicanas y mexicanos siguen atrapados buscando como desplazarse a sitios seguros, esto mientras sobre sus cabezas los sistemas anti misiles hacen parecer un cielo lleno de fuegos artificiales, y que a su vez mantiene la zozobra del riesgo que más de uno como ya sucedió traspase las barreras e impacte contra las ciudades.
Una guerra donde solo los poderosos ganan.
