Reinventando la Política
Pasó lo que ya se había dicho: Ariadna Montiel, extitular de Bienestar pasará a dirigir Morena. Ahora bien, el eventual relevo en la Secretaría de Bienestar no será solamente un movimiento administrativo. Es sobre todo una señal política.
En México, los cambios en esa dependencia nunca son menores: Bienestar no es una oficina cualquiera, sino una de las estructuras territoriales más extensas del país: es la fábrica de votos. En ese sentido, el mensaje de la presidenta Sheinbaum sobre el relevo fue con la presencia de los delegados de Bienestar de cada estado: la factoría electoral, la imagen es con quién controla esa red.
En ese sentido, el relevo llega una figura identificada con el obradorismo duro: Leticia Ramírez, por ende el mensaje es claro: el lopezobradorismo sigue vivo, organizado y con capacidad de incidencia en el corazón del nuevo gobierno.
La imagen nos dice que no es una simple continuidad ideológica, sino la preservación de una maquinaria territorial construida durante el sexenio anterior. Y ahí aparece la pregunta de fondo: ¿es una decisión autónoma de la presidenta o una correlación de fuerzas que la obliga a pactar? Porque en política no todo relevo significa fortalecimiento; a veces también expresa límites.
La presidenta necesita gobernabilidad, cohesión interna y evitar fracturas prematuras dentro de Morena. En ese contexto, mantener o incorporar perfiles cercanos al expresidente puede leerse como una jugada pragmática: contener grupos, equilibrar lealtades y ganar tiempo. Pero también abre otra lectura más incómoda: la de una presidencia que todavía comparte el tablero con el liderazgo de quien dejó el cargo, pero no el poder simbólico. Y ya va para su segundo tramo y las tribus junto con los poderes locales le pueden comer decisiones.
El mensaje de los funcionarios de Bienestar en los estados sería igual de importante. Si la instrucción política sigue viniendo desde una lógica heredada, los operadores locales entenderán rápidamente dónde está la verdadera gravitación interna. En política, los cuadros medios leen señales antes que discursos. Y cuando perciben doble mando, ajustan su lealtad al poder que consideran más duradero.
No se trata de decir que la presidenta esté anulada ni mucho menos. Tiene la investidura, el control formal del gobierno y la legitimidad de las urnas. Pero toda transición enfrenta su propia prueba: pasar de la continuidad electoral a la autonomía política. Al parecer autonomía no la hay de todo.
El verdadero desafío no está en nombrar a una secretaria, sino en demostrar quién diseña la estrategia, quién manda en la estructura y quién define el rumbo del proyecto. Porque una cosa es heredar un movimiento, y otra muy distinta gobernarlo. Y a la presidenta no la han dejado. Con todo y que el Wall Street Journal diga que entre AMLO y Trump, la presidenta luce exhausta y agotada.
En los próximos meses se verá con las decisiones para los estados, si se consolida la presidenta como jefa política plena o si confirman que, en México, los expresidentes también pueden gobernar desde la ausencia.
Y ahí vienen las decisiones en junio… no hay voz completa, el pasado al parecer sigue pesando y mucho. Súmele las tribus y los intereses locales. No es fácil.
Estos cambios en la factoría electoral de Morena revelan dónde está la piedra fundacional del poder, de dónde dimana todo el fondo del régimen.
