Ruta Agrícola

 

Cuando sube el precio de los alimentos del campo, la inflación deja de sentirse lejana. Se mete a la cocina, aprieta el gasto diario y prende alertas en toda la cadena agroalimentaria. Eso está ocurriendo hoy en México, donde el repunte reciente de precios volvió a poner en el centro productos agrícolas muy sensibles para el bolsillo de las familias.

Los datos más recientes del Inegi confirmaron que en la primera quincena de marzo la inflación anual rebasó el 4.6%. Entre los productos con mayor incidencia al alza apareció con fuerza el tomate. También se mencionaron otros alimentos como el pollo, y en semanas previas el limón venía marcando presión. Pero en el caso agrícola, el tomate merece una lectura más profunda porque lo que está ocurriendo no responde a una sola causa.

A veces se quiere explicar el aumento de precios como si todo viniera de factores externos. Es verdad que el mercado de Norteamérica está conectado y que las heladas en Florida alteraron los flujos de oferta y demanda. Pero en esta temporada el caso del tomate mexicano, y en particular el de Sinaloa, también tiene razones internas muy claras que ayudan a entender mejor por qué el precio se movió con tanta fuerza.

Sinaloa sigue siendo el corazón del tomate mexicano en el ciclo otoño invierno. En esta etapa del año representa cerca de dos terceras partes de la oferta nacional. Eso significa que cualquier ajuste en su superficie o en su rendimiento termina repercutiendo de manera directa en el mercado interno y también en la formación de precios a nivel nacional. Cuando Sinaloa produce menos, el país entero lo resiente.

Este año la superficie sembrada se redujo alrededor de un 30%. Venimos de dos temporadas hortícolas con precios bajos, donde muchos productores quedaron financieramente golpeados. A eso se sumó la escasez de agua, que obligó a muchos a sembrar con más cautela o de plano, a dejar fuera parte de su programa productivo. En el campo, sembrar menos rara vez es una decisión cómoda. Casi siempre es una decisión forzada.

Y cuando parecía que el ciclo ya venía ajustado por menor superficie, llegaron las lluvias repentinas de enero y febrero. Lo que pudo parecer un alivio en algunas zonas terminó convirtiéndose en un problema serio para varias hortalizas. En tomate, esas condiciones favorecieron la presencia de enfermedades fungosas, especialmente tizón tardío, una enfermedad agresiva que golpea follaje, tallos y fruto, y que puede descomponer en poco tiempo el potencial productivo de un lote.

El efecto ha sido fuerte. A la menor superficie se agregó una caída importante en el volumen cosechado. Las estimaciones del sector apuntan a una disminución cercana al 35 por ciento en la producción esperada. Ahí está una de las claves de lo que hoy vemos en el mercado. No se trata únicamente de que el tomate esté caro. Se trata de que hay menos tomate disponible por una combinación de rentabilidad débil en ciclos previos, escasez de agua y problemas fitosanitarios en plena temporada.

Ese encadenamiento importa mucho. Porque cuando el consumidor ve un tomate más caro en el mercado, muchas veces piensa que alguien en la cadena está abusando del precio. Y claro, siempre hay distorsiones comerciales que conviene vigilar. Pero esta vez el fondo del problema está mucho más cerca de la parcela. Hay menos oferta y esa menor oferta viene de condiciones concretas, medibles, que afectan la capacidad real del campo para abastecer.

El caso del limón también ayuda a ilustrar cómo funcionan estos movimientos. Es un producto muy sensible al clima, a la logística y a los altibajos de la oferta. En el caso de proteínas como pollo o carne de res, las presiones existen y pesan en la inflación, pero obedecen a dinámicas distintas, vinculadas con granos, energía, transporte y costos pecuarios. En esta coyuntura, el ángulo agrícola pide atención especial porque lo que está pasando con las hortalizas revela fragilidades estructurales del sistema productivo.

La pregunta de fondo es: ¿qué tanto estamos protegiendo la capacidad productiva del campo mexicano antes de que el problema llegue al anaquel? Porque cuando la discusión arranca hasta que el precio sube en la ciudad, en realidad ya vamos tarde. El daño comenzó mucho antes, cuando un productor decidió sembrar menos porque no había agua, porque venía descapitalizado o porque el riesgo del siguiente ciclo ya era demasiado alto.

México necesita una conversación más seria sobre estabilidad productiva. No basta con monitorear precios finales o con reaccionar cuando un alimento se vuelve noticia. Hace falta fortalecer la base. Eso incluye mejor gestión del agua, financiamiento más oportuno, coberturas de riesgo, sanidad vegetal, monitoreo fitosanitario y políticas que ayuden a que un mal ciclo de precios no termine expulsando superficie al año siguiente.

En Sinaloa esta lección se entiende con claridad. El estado sigue siendo pieza central del abasto hortícola del país y, al mismo tiempo, es uno de los territorios donde más se siente la presión combinada de mercado, clima y agua. Lo ocurrido esta temporada con el tomate debe leerse como una advertencia. Cuando un líder productivo entra en estrés, la inflación agrícola aparece casi de inmediato.

Al final, la inflación agrícola no empieza en la caja del supermercado. Empieza mucho antes, en la disponibilidad de agua, en la decisión de siembra, en la sanidad del cultivo y en la rentabilidad del productor. Y si queremos una canasta básica más estable, el primer paso sigue siendo el mismo de siempre: cuidar con seriedad la capacidad del campo para producir.

Esto fue Ruta Agrícola, donde cosechamos información.