La eventual salida de Luisa María Alcalde y Andrés Manuel López Beltrán es la forma en que la presidenta Sheinbaum sacaría el “Maestro Limpio” para garantizar su decisión, y a los salientes los terminaron de exhibir sus propios límites políticos.

Cuando se tomó la decisión de la dirigencia saliente, el enfoque de Morena es que había apostado por una dupla joven con apellido, cercanía al poder y control de estructura, pero en política no basta la herencia simbólica: se necesita operación, resultados y capacidad de arbitrar conflictos. Ahí es donde todo comenzó a fallar. Se necesita tener hambre de poder y ambos juniors tenían el hambre saciada… por eso la reproducción de la élite no cuajó.

En ese momento, la apuesta tenía lógica interna. Alcalde representaba experiencia institucional tras pasar por Gobernación y el Gabinete Federal. Andy López encarnaba el vínculo con el obradorismo duro y la maquinaria territorial. Juntos parecían ofrecer equilibrio entre gobierno y movimiento. Sin embargo, con el paso de los meses, lo que debía ser complemento se volvió ruido: tensiones internas, disputas locales sin resolver, desgaste con aliados y resultados por debajo de las expectativas.

El problema de fondo no fue generacional, sino funcional. Morena dejó de ser un partido en expansión para convertirse en un partido dominante obligado a administrar poder, y administrar poder exige algo más complejo que movilizar lealtades: requiere disciplina, negociación y reglas claras para sucesiones, candidaturas y convivencia interna. Cuando eso falta, aparecen los bandos, los agravios y las fugas. Y los juniors -esos juniors- no saben apaciguar aguas, y menos contener tribus, pues no son sus padres.

Por eso los cambios en el Gabinete y en la estructura partidista deben leerse como una recentralización del mando o una transformación del eje de poder. La presidenta Claudia Sheinbaum parece enviar un mensaje nítido: el partido no puede convertirse en un poder paralelo ni en un espacio capturado por inercias heredadas. Si llegan perfiles como Ariadna Montiel o se fortalece el papel de Citlalli Hernández, no será casualidad: será una apuesta por operadores con capacidad de control político y conexión territorial, y es que la jefa del partido fue -o tal vez siga siendo- la jefa de los siervos de la nación.

La salida de Luisa y Andy también tendría una carga pesada: el fin de una etapa donde el apellido y la cercanía bastaban como activo principal. Morena entra a otra fase, donde la pregunta ya no es quién representa mejor el legado, sino quién puede ganar 2027 sin fracturar al movimiento.

En ese sentido, no cae solo una dirigencia, sino también una idea: que la sucesión interna podía resolverse con continuidad automática. Y en política mexicana, pocas cosas envejecen más rápido que una fórmula que deja de dar resultados. Este es el caso emblemático.

La presidenta va por el Congreso, por eso puso a una operadora de base en el partido y sacó a los juniors. Además, súmele los cambios que se vendrán en el Gabinete, pero eso es tema de otra columna.

La cirugía en Morena se hizo en el quirófano político de Palacio Nacional. Ahora bien, como dijo una amiga mía nacida en la izquierda: “Ni en el PRI tenía un dedo tan veloz”.