En política, las salidas siempre son señales. Si Luisa María Alcalde deja la dirigencia nacional de Morena, el movimiento no solo cambiaría de presidenta, sino abriría una disputa silenciosa por el control del partido rumbo a 2027, año en que estarán en juego 17 gubernaturas y la renovación de la Cámara de Diputados.

El 27 no es una fecha menor. Será la primera gran prueba electoral del nuevo sexenio y el momento en que Morena deberá demostrar si puede mantenerse unido sin la cohesión natural que durante años representó Andrés Manuel López Obrador. Van a la prueba de fuego. ¿Son partido de caudillos o un partido de la militancia?

La presidencia del partido vale más por lo que reparte que por lo que simboliza. Desde ahí se deciden candidaturas, alianzas, equilibrios internos y la operación territorial. Por eso, cualquier relevo importa. ¿Y de parte de quién?

En ese tablero aparece un actor central: Andrés Manuel López Beltrán, secretario de Organización. Su posición no es decorativa. Controla estructura, afiliación y movilización. Si en su entorno existe la percepción de que Luisa Alcalde no le dio el peso político suficiente, entonces el cambio no sería una transición natural, sino una redefinición de fuerzas, y los nombres que suenan para sucederla no son neutrales.

Ariadna Montiel representa la eficacia en la operación territorial. Su trayectoria en la operación social y el contacto directo con la base la convierten en un perfil funcional para una elección donde movilizar será clave. Con ella, Morena reforzaría el músculo electoral desde el centro y con un equipo político muy definido.

Alfonso Durazo encarna otra lógica. Gobernador, operador político y figura con ascendencia entre mandatarios estatales.  Es sobreviviente de varios regímenes: desde el salinismo y la tragedia de Colosio, luego Fox y después pasó al obradorismo. Su eventual llegada significaría un mensaje claro: antes de competir afuera, Morena necesita ordenar a sus grupos internos y pactar con sus liderazgos regionales. Ahí aparece el verdadero fondo del asunto: los gobernadores.

Durante años, Morena ha funcionado como partido de mando vertical, pero al ganar estados también creó nuevos centros de poder. Hoy, varios gobernadores no solo administran presupuestos y territorios, sino que también buscan influir en candidaturas, impulsar sucesores y ejercer derecho de voz, voto y veto dentro del movimiento. Es la paradoja del éxito: mientras más crece el partido, más difícil resulta disciplinarlo.

¿Y dónde entra Sinaloa? En un lugar clave. La gubernatura sinaloense se renovará en 2027 y lo que ocurra en la dirigencia nacional puede alterar desde ahora la sucesión local.

Si llega Ariadna Montiel, crecerían perfiles ligados a la estructura social, a la operación territorial y a candidaturas más vigiladas desde el centro. Menos margen para inercias locales, más peso de la maquinaria nacional. Si llega Alfonso Durazo, el escenario favorecería acuerdos regionales y negociación entre grupos políticos del noroeste. Los actores con capacidad de interlocución estatal tendrían más espacio para construir candidaturas.

En ambos casos, la pregunta de fondo sería la misma: ¿quién decidirá Sinaloa: el gobernador en turno, la dirigencia nacional, el secretario de Organización o una suma de todos los anteriores? Porque cuando un partido domina tanto tiempo, la principal competencia deja de estar enfrente y comienza dentro de casa.

La salida de Luisa María Alcalde, si ocurre, no solo hablará de una persona. Hablará del momento político de Morena: la hora en que administrar el poder empieza a ser más complejo que conquistarlo. Y para Morena tendrán muy fácil la elección constitucional, el problema que tienen es la candidatura. Por lo pronto, los centros de poder se están moviendo.

Pareciera que nos devolvimos en el tiempo. El poder se disputa entre el caudillo y el poder presidencial. Al final, la lucha por el poder nos devuelve a la época del Cine de Oro: cuando los García y los López traían pleitos de antaño…

Ese va a ser el pleito en el 2030: López vs. García.