El primer trimestre de 2026 trajo una noticia que no pasa desapercibida para quien vive del campo. México activó nuevos aranceles a importaciones provenientes de países sin tratado comercial, con tasas que en algunos casos superan el 30%. Más de 1,400 fracciones arancelarias quedaron bajo esta nueva lógica. Para muchos analistas, este movimiento marca el cierre de una etapa. Para el sector agrícola, abre una conversación más profunda.
México cumple 45 años de apertura comercial. El punto de arranque no fue el TLCAN, fue la entrada al GATT en 1986. El GATT, por sus siglas en inglés, fue el acuerdo multilateral que sentó las bases del comercio internacional moderno, con reglas para reducir aranceles, eliminar barreras y facilitar el intercambio entre países. Para México significó desmontar el modelo proteccionista, abrir su economía y empezar a competir en el mercado global.
Ocho años después, en 1994, llegó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, mejor conocido como TLCAN. Ese acuerdo con Estados Unidos y Canadá llevó la apertura a otro nivel. Eliminó aranceles de forma acelerada, integró cadenas productivas y transformó por completo la relación comercial del país, en especial en el sector agroalimentario. A partir de ahí, el campo mexicano dejó de mirar solo al mercado interno.
En 2020 el TLCAN fue sustituido por el T-MEC, que incorporó nuevas reglas laborales, ambientales y comerciales. Hoy, en 2026, el acuerdo entra en su primer proceso formal de revisión, tal como lo establecen sus propias cláusulas. Ese contexto explica por qué las decisiones comerciales de México adquieren un peso especial este año.
Durante estas cuatro décadas y media, la agricultura vivió una metamorfosis. Pasamos de producir principalmente para el mercado interno a convertirnos en una potencia exportadora de frutas y hortalizas. Hoy México vende alimentos al mundo por alrededor de 60 mil millones de dólares al año, y una parte sustantiva de ese valor nace en el campo. Estados como Sinaloa, Michoacán, Jalisco o Guanajuato aprendieron a jugar en ligas internacionales.
La apertura trajo tecnología, semillas mejoradas, riego tecnificado, logística, empaque y estándares de calidad que antes parecían lejanos. También permitió que miles de productores se integraran a cadenas de valor que cruzan fronteras todos los días. El campo que exporta tomate, chile bell, berries o aguacate es producto directo de ese proceso.
Pero no todo fue cosecha limpia. La otra cara de la apertura fue la presión constante sobre productores de granos básicos, la dependencia creciente de insumos importados y una balanza agroalimentaria cada vez más frágil en rubros estratégicos. Fertilizantes, maquinaria, agroquímicos y granos forrajeros llegaron de fuera a precios competitivos, mientras muchos agricultores nacionales quedaron sin piso parejo.
Durante años aceptamos esa lógica como el costo de ser un país abierto. Funcionó mientras el comercio global fue relativamente estable. Hoy el escenario es distinto. El mundo se fragmenta, las potencias levantan barreras, los conflictos geopolíticos encarecen insumos y la seguridad alimentaria vuelve a ser tema central. En ese contexto, los nuevos aranceles mexicanos no aparecen por casualidad.
Para el sector agrícola, el mensaje es claro: el modelo se está ajustando. No es un regreso al proteccionismo clásico, pero tampoco es la apertura sin red que marcó las décadas
pasadas. Es una señal de que el país busca proteger capacidades productivas, reducir dependencias y fortalecer ciertas cadenas internas, justo cuando el T-MEC entra en revisión.
La pregunta es cómo se traduce esto en el campo. Muchos productos agrícolas no se verán impactados de forma directa porque provienen de países con tratado. Sin embargo, el agricultor sabe que los costos no viajan solos. Si sube el precio de maquinaria, fertilizantes o componentes importados, el golpe llega al surco. Y cuando suben los costos de producción, el margen se adelgaza.
Aquí es donde la política comercial y la política agrícola tienen que hablar el mismo idioma. De poco sirve subir aranceles si no se acompaña con financiamiento, innovación, infraestructura y reglas claras para producir más y mejor dentro del país. La historia de estos 45 años demuestra que el campo responde cuando hay mercado, certidumbre y estrategia.
También hay una reflexión de fondo que vale la pena poner sobre la mesa. ¿Queremos seguir siendo grandes exportadores con alta dependencia externa, o construir un modelo más equilibrado entre competitividad y autosuficiencia? No es una disyuntiva simple, pero ignorarla sería repetir errores.
El campo mexicano ya demostró que sabe competir. Ahora toca demostrar que también puede adaptarse a un mundo más cerrado, más caro y más incierto. Las decisiones que se tomen hoy marcarán la rentabilidad de las próximas temporadas, el precio de los alimentos y la viabilidad de miles de productores.
Después de 45 años de apertura, el giro comercial no debería verse como un retroceso, sino como una oportunidad para
corregir rumbo. La tierra enseña que cada cierto tiempo hay que rotar, ajustar y descansar para volver a rendir. El comercio no es distinto.
¿Estamos listos para sembrar la siguiente etapa del campo mexicano con visión de largo plazo?
Esto fue Ruta Agrícola, donde cosechamos información.
