En septiembre de 2024, cuando la guerra interna del Cártel de Sinaloa convirtió a Culiacán, nuevamente, en epicentro de la seguridad nacional mexicana, los relevos militares dejaron de verse como rotaciones de mando, pues comenzaron a revelar una lógica estratégica más profunda dentro de la Defensa Nacional.

La declaración del general Francisco Jesús Leana Ojeda marcó ese momento. En plena escalada de violencia afirmó: “Esperemos que sea lo más rápido posible, pero no depende de nosotros, depende de los grupos antagónicos que dejen de hacer su confrontación entre ellos y que estén dejando a la población en paz”.

La frase causó incomodidad política porque rompía con el discurso tradicional del Estado omnipotente. Parecía reconocer que el Ejército enfrentaba no una crisis de orden público convencional, sino una disputa armada entre estructuras criminales con capacidad territorial real, pero lo verdaderamente importante vino después.

Lejos de desaparecer del mapa institucional, Leana Ojeda fue ascendido, primero, a la I Región Militar y, posteriormente, a la comandancia del Ejército Mexicano. Es decir, la institución no leyó sus palabras como una derrota, sino probablemente como la expresión realista de un escenario operativo complejo, muy complejo. Eso permite una lectura mayor: el Ejército mexicano parece estar transitando hacia una doctrina menos enfocada en la espectacularidad del combate y más orientada a la administración estratégica de territorios criminales altamente sofisticados. Ahí es donde cobra relevancia la rotación de mandos entre Sinaloa y Jalisco.

Durante la década de los setenta, en tiempos de la Operación Cóndor, la lógica militar consistía en trasladar mandos con experiencia contrainsurgente y antidrogas desde Guerrero hacia el Triángulo Dorado. Guerrero funcionaba, entonces, como laboratorio de operaciones de montaña, inteligencia rural y guerra irregular.

Los cuadros que entendían esa dinámica eran enviados a Sinaloa porque el Estado necesitaba oficiales capaces de operar en geografías y estructuras criminales complejas. Hoy parece existir una lógica parecida, aunque adaptada al mapa criminal contemporáneo. Ahora, el eje estratégico ya no es Guerrero–Sinaloa, sino Sinaloa–Jalisco.

En los últimos años, varios mandos relevantes han transitado entre ambas entidades, construyendo, con ello, experiencia operativa cruzada en los dos principales polos del crimen organizado mexicano: el Cártel de Sinaloa y el CJNG.

La señal institucional parece clara: la Defensa Nacional está formando generales con conocimiento simultáneo de inteligencia criminal, operaciones urbanas, redes logísticas, corredores financieros, estructuras de halconeo y coordinación interinstitucional.

Ahora bien, para la Sedena, Sinaloa y Jalisco ya no son problemas aislados, pues forman parte de un mismo tablero estratégico. Justamente ahí encaja el perfil del general Julio César Islas Sánchez, quien está por llegar ahora a la IX Zona Militar en Culiacán.

No es un dato menor que antes de arribar a Sinaloa haya comandado la 15/a Zona Militar en Zapopan, Jalisco, además de haber sido jefe en la 48/a Z.M. en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Ojo, no es lo mismo que la 8/va. Z.M. en Reynosa, uno de los principales centros operativos del Ejército contra el CJNG.

Durante su gestión ocurrieron operaciones de alta prioridad contra la estructura de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, donde el énfasis estuvo en inteligencia táctica y coordinación conjunta.

Eso significa que el nuevo comandante de la IX Zona Militar llega con experiencia directa en operaciones contra perfiles altos de la criminalidad del país. Desde la lógica de seguridad nacional, eso tiene enorme relevancia, ya que no es cosa menor haber estado en las zonas militares de Ciudad Victoria (Mante), Tamaulipas y en Jalisco.

Y es que el Estado mexicano parece asumir cada vez más que las organizaciones criminales funcionan como sistemas interconectados, ya que comparten rutas, redes financieras, armamento, operadores, tecnología y mecanismos de corrupción.

Por ello, para la Sedena, formar mandos que conozcan tanto el ecosistema sinaloense como el jalisciense se vuelve una necesidad estratégica. Habrá que recordar que el general de división Porfirio Fuentes (a él le tocó el inició de la guerra) recién ascendido a divisionario pasó de comandante de la IX Zona a comandante de la V Región Militar ahí en Jalisco. Ahora, de la XV Zona Militar viene el general Islas Sánchez. Es un cierre de pinza.

En otras palabras, la Sedena parece estar construyendo una generación de generales especializados en la “guerra de extensiones”, donde ya no basta controlar una plaza aislada, sino entender cómo interactúan múltiples estructuras criminales a escala regional.

En ese sentido, estos cambios representan la consolidación de una nueva doctrina de seguridad, una donde los generales ya no son únicamente comandantes territoriales, sino jefes operativos y estratégicos de información, inteligencia y articulación frente a organizaciones criminales y a sus redes de todo tipo, que son cada vez más complejas y les facilitan operaciones trasnacionales, hoy cada vez más vigiladas por nuestro principal socio comercial.

En medio de las inevitables sombras que deja toda guerra prolongada, la Defensa Nacional parece apostar por una lógica distinta: preservar la continuidad del Estado por encima de las trayectorias individuales. Hay que recordar las recientes palabras del general secretario en la IX Zona Militar hace unos días: “No nos vamos a ir de Sinaloa…el pueblo de Sinaloa debe tener la certeza que cuenta con sus fuerzas armadas”.

Tal vez por eso, más allá de polémicas coyunturales, los recientes movimientos militares transmiten una señal sin ruido, pero contundente: cuando la seguridad nacional entra en zonas de turbulencia, el Ejército Mexicano intenta, antes que cualquier otra cosa, sostener la casa común, y la casa es la patria y no quiere, por ningún motivo, problemas con la patria del norte.

Por ningún motivo.