A mucho sol y poca sombra 

 

Este domingo no será un día cualquiera. Se escribirá un capítulo importante en la historia reciente del país con la realización del Congreso Nacional de Morena, donde podría concretarse la llegada de Ariadna Montiel Reyes a la dirigencia nacional del Movimiento de Regeneración Nacional. No se trata únicamente de un relevo administrativo, sino de una posible reconfiguración del equilibrio interno de fuerzas, una disputa política que refleja el momento histórico que atraviesa el movimiento.

La eventual llegada de Ariadna Montiel, acompañada de perfiles como Citlalli Hernández, podría significar algo más profundo: un intento por devolverle al partido su carácter de movimiento, de instrumento de lucha popular, y no solo de maquinaria electoral sostenida por la inercia del liderazgo presidencial. En el fondo, lo que está en juego es si Morena seguirá siendo un vehículo de transformación o si terminará diluyéndose en las prácticas que históricamente ha combatido.

Porque no basta con ganar elecciones. Desde una perspectiva de izquierda, el ejercicio del poder implica una responsabilidad ética y política con el pueblo, con las clases trabajadoras, con quienes han depositado su esperanza en un proyecto que prometió romper con el neoliberalismo, la corrupción estructural y el uso faccioso de las instituciones. Gobernar no es administrar inercias, es transformar realidades.

Sin embargo, no es momento de triunfalismos. El horizonte hacia 2027 se vislumbra complejo. Morena enfrenta una crisis interna que no había experimentado con esta intensidad: una disputa entre corrientes, intereses y grupos que recuerda —y debería alertar— sobre los errores que llevaron a la descomposición de otros partidos. Cuando la lucha interna deja de ser ideológica y se convierte en una batalla por cuotas de poder, candidaturas y privilegios, el proyecto colectivo comienza a erosionarse.

A esto se suman factores externos. Vivimos en un contexto global convulso, donde los conflictos internacionales impactan directamente en la economía nacional: el precio del petróleo, de los combustibles, de los alimentos básicos. Pero también existen presiones geopolíticas más directas. La relación con Estados Unidos sigue siendo un factor de tensión constante, y no puede ignorarse la posibilidad de injerencias que buscan influir en la estabilidad política del país. La historia latinoamericana está llena de ejemplos donde los intereses externos operan, abierta o encubiertamente, para debilitar proyectos soberanos.

En ese escenario, el mayor riesgo no siempre viene de fuera. Muchas veces, el problema está dentro. Aquellos actores que encontraron refugio en Morena no por convicción ideológica, sino por conveniencia política, hoy representan uno de los principales desafíos del movimiento. Son perfiles formados en la lógica del viejo régimen, acostumbrados a operar desde el clientelismo, la simulación y la defensa de privilegios.

Y aquí es donde el caso de Sinaloa merece una mención especial y urgente. Morena en el estado debe poner mucha más atención a quienes han llegado desde fuera del movimiento, incluso —y sobre todo— a aquellos que hoy ostentan cargos de alto nivel. No se puede permitir que estructuras ajenas, sin compromiso con los principios de la Cuarta Transformación, capturen espacios de decisión y reproduzcan las mismas prácticas que se prometió erradicar.

La izquierda no puede construirse sin conciencia de clase. Y ese es precisamente uno de los problemas actuales: la incorporación de actores sin formación política, sin ética pública, que ven en el movimiento una oportunidad de ascenso personal, no un compromiso con la transformación social. Esa lógica no solo contradice los principios fundacionales de Morena, sino que contamina su práctica cotidiana y desdibuja su identidad.

Se ha dicho muchas veces que “las formas son fondo”, y en este momento cobra más vigencia que nunca. La manera en que se ejerce el poder define el proyecto. Hoy, Morena compite internamente no solo contra sí mismo, sino contra la persistencia de viejas estructuras del priismo y del panismo que han logrado infiltrarse, adaptarse y sobrevivir dentro de la 4T. No desaparecieron: mutaron.

Por eso, la tarea es clara y profundamente política: recuperar el partido desde abajo, desde la militancia, desde la organización territorial, desde la formación ideológica. Volver a poner en el centro al pueblo, no a las élites internas. Demostrar, en cada espacio de gobierno, que es posible ejercer una política distinta: una política de bienestar, de justicia social, de redistribución y de dignidad.

La nueva dirigencia tendrá esa responsabilidad histórica. Porque si no se actúa a tiempo, si no se corrige el rumbo, el riesgo es evidente: que el viejo régimen no solo sobreviva dentro de Morena, sino que termine por devorarlo desde adentro.

Y entonces, cuando se quiera reaccionar, cuando se intente retomar el control, puede ser demasiado tarde. El “dinosaurio” no solo habrá despertado, sino que estará sentado en la oficina, tomando decisiones, marcando el rumbo… y traicionando, una vez más, la esperanza de millones.