Reinventando la Política
El Mundial siempre ha sido más que futbol y eso nos lo demuestra el libro de Galeano “Futbol a sol y sombra”, por lo cual es una vitrina política, una narrativa nacional y, sobre todo, un espejo de las contradicciones de cada país anfitrión. En México, rumbo al 2026, esa contradicción comienza a tomar forma entre discursos de unidad y una realidad urbana, económica y social cada vez más fragmentada.
La frase de la presidenta Claudia Sheinbaum —“que ruede la pelota, no como símbolo de lujo, dinero o poder, sino como símbolo de paz y encuentro”— busca instalar una narrativa noble: el futbol es una reconciliación colectiva. Es un espacio común en tiempos polarizados, es una pausa emocional para un país marcado por la violencia, el desgaste político y la problemática económica. La frase, además, conecta con una tradición histórica: los gobiernos entienden los grandes eventos deportivos como mecanismos de cohesión nacional y legitimidad simbólica.
Pero el problema del simbolismo aparece cuando la realidad social empieza a desmentirlo.
Porque este Mundial, quizás más que ningún otro, parece diseñado para una élite globalizada. Los boletos alcanzan precios inaccesibles para millones de mexicanos; el hospedaje y la movilidad en ciudades sede apuntan a una lógica turística internacional; y la experiencia “mundialista” se vende como producto premium más que como fiesta popular.
La FIFA habla el idioma del espectáculo corporativo, no necesariamente el de las tribunas populares que históricamente hicieron del futbol un fenómeno de identidad colectiva. Ahí surge la paradoja mexicana: se invoca al pueblo desde un evento que probablemente el propio pueblo no podrá costear.
Y en medio de ello aparece la capital del país como gran escenario político. La administración de Clara Brugada impulsa una narrativa profundamente identitaria y cultural, donde el ajolote se convierte casi en tótem urbano. La “ajolotización” de la Ciudad de México —murales, discursos, iconografía, campañas culturales— intenta construir una identidad local emocional, ecológica y comunitaria. El ajolote funciona como símbolo de resistencia, mexicanidad y sobrevivencia.
Sin embargo, también ahí emerge otra tensión: mientras se construye una estética simbólica de ciudad progresista y culturalmente viva, persisten problemas estructurales de servicios públicos, movilidad, agua, seguridad y mantenimiento urbano. La pregunta inevitable es si la política contemporánea mexicana está gobernando desde la gestión o desde la narrativa.
Porque el Mundial también será eso: una enorme operación narrativa.
La política moderna entendió hace tiempo que los símbolos importan tanto como las obras. El futbol sirve para proyectar optimismo, modernidad y estabilidad internacional. En 1968 fueron las Olimpiadas; en 1970 y 1986, los Mundiales; en 2026, nuevamente el balón aparece como mecanismo de proyección nacional. Pero hay una diferencia fundamental: antes existía una idea más homogénea de país; hoy México vive una fragmentación emocional y económica mucho más profunda.
El Mundial llegará a un país donde muchos ciudadanos sienten que las grandes celebraciones ya no les pertenecen completamente.
Y aun así, el futbol conserva algo poderoso: su capacidad de suspender, aunque sea momentáneamente, las divisiones sociales. Ahí radica la fuerza política de la frase de Sheinbaum. No necesariamente en su literalidad, sino en su aspiración. El problema no es desear que el balón represente paz y encuentro; el problema es que la paz no se decreta desde el discurso ni el encuentro se construye únicamente desde el espectáculo.
El riesgo para el oficialismo es que el Mundial termine exhibiendo dos Méxicos simultáneos: el México que se vende al mundo y el México cotidiano que batalla con transporte, agua, inseguridad y costos de vida. El país de los estadios inteligentes y el país de los servicios públicos agotados. El país del marketing emocional y el país de las colonias que sienten abandono institucional.
Porque no solamente se disputarán partidos. También se disputará el relato de qué país quiere mostrar México y qué país sienten realmente los mexicanos.
Quizá por eso el Mundial del 2026 será profundamente político.
