Ruta Agrícola
Recientemente, en la Asociación de Agricultores del Río Culiacán, durante la conferencia “La falacia de los costos de producción en hortalizas” impartida por el especialista en finanzas Pedro Antonio Borboa Salas, quedó clara una verdad que en el campo se siente todos los días: una cosa es gastar menos y otra muy distinta producir con rentabilidad.
Esa diferencia parece menor, pero en realidad cambia por completo la forma de mirar una empresa agrícola. Muchas veces se cree que controlar costos consiste en recortar compras, bajar dosis o buscar el precio más bajo del mercado. El problema es que ese camino, aunque parezca prudente, puede terminar saliendo mucho más caro.
Una de las cifras más reveladoras es el peso de fertilizantes y agroquímicos dentro de los insumos directos. En conjunto representan alrededor del 42%. De ese monto, cerca del 57% corresponde a fertilizantes y alrededor del 43% a agroquímicos.
Por eso resulta lógico que muchos productores concentren su atención en esos rubros. Si ahí se va casi la mitad del gasto directo, cualquier ahorro parece buena noticia. El problema empieza cuando la lógica del ahorro reemplaza a la lógica de la rentabilidad.
Comprar más barato no siempre es comprar mejor. A veces se adquiere un insumo a menor precio, pero con menor eficiencia o con peor respaldo técnico. Entonces el aparente ahorro termina convertido en menor productividad, más presión de plagas, desequilibrios nutricionales o fruta menos competitiva.
Ese es el punto incómodo de toda esta discusión. Durante años, muchas decisiones en el campo se han tomado por costumbre, por intuición o por la presión del momento. Y aunque la experiencia del productor sigue siendo valiosa, hoy ya no basta con pensar que un programa funciona. Hace falta medir y comparar qué retorno real deja cada peso invertido.
Las preguntas planteadas son muy reveladoras. ¿Cuáles son los fertilizantes y agroquímicos críticos para la operación? ¿Quiénes son los proveedores clave y qué nivel de dependencia existe respecto a ellos? ¿Los productos se compran a precios adecuados? ¿Provienen de fuentes confiables? ¿Las dosis aplicadas realmente son las correctas?
Vistas por separado, parecen preguntas técnicas. Vistas en conjunto, son preguntas financieras, operativas y estratégicas. Porque detrás de cada una está la estabilidad del negocio. Una empresa agrícola que no tiene claridad sobre sus insumos críticos tampoco tiene claridad sobre sus riesgos. Y una empresa que no distingue entre costo y valor puede terminar apretando justo donde no debía.
También resulta muy importante que se haya puesto sobre la mesa el flujo de efectivo. En el campo se habla mucho de rendimiento, de calidad, de calibre y de precio de venta. Se habla menos del momento en que sale el dinero y del momento en que regresa. Y ahí hay una diferencia enorme entre producir bien y administrar bien.
Una empresa agrícola puede tener una cosecha destacada y aun así sufrir financieramente por compras mal programadas, inventarios innecesarios o aplicaciones que no estaban generando valor. El problema no siempre es cuánto se gasta. Muchas veces el problema es cuándo se gasta, en qué se gasta y qué resultado concreto se obtiene a cambio.
La pregunta sobre si el control de plagas es preventivo o reactivo también tiene mucho fondo. Un manejo reactivo suele llegar tarde. Cuando eso pasa, el gasto crece, la presión aumenta y la eficacia baja. Un manejo preventivo, bien diseñado, permite ordenar mejor el uso de recursos y proteger con más inteligencia la operación.
Lo mismo ocurre con la nutrición vegetal. Mantener un balance adecuado y revisar si las fuentes elegidas son realmente eficientes y detectar posibles sobre aplicaciones o sub-aplicaciones puede cambiar por completo la rentabilidad del ciclo. ¿Cuántas decisiones siguen repitiéndose por inercia cuando ya deberían revisarse con datos en la mano?
Por eso esta conversación debe salir del terreno administrativo y entrar al de la estrategia. El costo de producción no puede seguir tratándose como una simple lista de erogaciones. Tiene que convertirse en una herramienta de inteligencia para decidir mejor. Esa diferencia puede separar a una empresa que resiste de una que se debilita, incluso cuando produce bien.
El gobierno, los organismos del sector, los asesores técnicos y las empresas proveedoras también tienen responsabilidad en este cambio. Hace falta impulsar con más fuerza la formación en análisis de costos reales, trazabilidad de insumos, compras estratégicas y evaluación del retorno agronómico y financiero. Ahí hay una agenda pendiente que puede darle mucho oxígeno al campo.
Y del lado de los productores, la señal es clara. Registrar, comparar y evaluar ya no debe verse como carga administrativa. Debe verse como defensa del negocio. Saber qué insumo sí funcionó, cuál proveedor aportó valor y qué gasto estaba drenando recursos sin generar retorno puede marcar la diferencia entre avanzar o quedarse atrapado.
Al final, la falacia de los costos de producción aparece cuando se cree que todo depende del precio de compra, cuando muchas veces el verdadero problema está en la calidad de la decisión. En tiempos de márgenes apretados, hacer las preguntas correctas deja de ser un lujo técnico. Se vuelve una necesidad para cuidar la rentabilidad y el futuro de nuestras empresas agrícolas.
Esto fue Ruta Agrícola, donde cosechamos información.
