Reinventando la Política

 

En política hay sucesos que siempre se explican desde la caja registradora o desde el bolsillo. Aunque también hay algo más profundo: percepciones, emociones, símbolos, inercias. Y eso explica por qué, aun en medio de una crisis de seguridad persistente en Sinaloa, Morena siga apareciendo muy por encima de la oposición en las preferencias electorales.

La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo compartió recientemente una encuesta sobre diputaciones federales donde Morena alcanza alrededor del 45% de intención de voto en Sinaloa. El dato, por sí mismo, podría parecer contradictorio frente al desgaste que han provocado meses de violencia, incertidumbre económica y tensión social. Pero la política mexicana rara vez se mueve en líneas rectas. Eso sí, no se midió voto de castigo y hay un 19% que no ha decidido.

Ahora bien. Lo primero que revela ese número es que el voto ya no responde únicamente a la evaluación inmediata de problemas públicos. Existe una transferencia emocional (alimentada por la narrativa política) entre el ciudadano y el partido gobernante que todavía sigue activa. Para millones de personas, Morena no es solamente una fuerza política: es el recuerdo de una reivindicación social después de décadas de abandono, desigualdad y corrupción asociada al viejo régimen.

Ahí está la paradoja sinaloense.

La inseguridad golpea. El miedo desgasta. La economía familiar se aprieta. Pero los programas sociales siguen funcionando como un amortiguador político y psicológico. No necesariamente porque resuelvan todos los problemas, sino porque generan una sensación concreta de acompañamiento estatal: Papá Gobierno aquí está.  El ciudadano puede estar molesto con muchas cosas, pero sigue sintiendo que algo le llega directamente. Y si es dinero mucho mejor.

Sin embargo, empieza a aparecer un fenómeno delicado: la devolución silenciosa. Porque el dinero que llega por un lado comienza a salir por otro.

Las tarifas eléctricas, el costo de servicios y la presión inflacionaria ya empiezan a sentirse con mayor claridad. Y en el imaginario popular comienza a instalarse una percepción incómoda: “lo que me dan, ya lo estoy regresando”.

El manejo del déficit fiscal, el peso financiero de empresas públicas como Comisión Federal de Electricidad y el costo creciente de sostener el aparato social empiezan a aterrizar en la vida cotidiana a través de recibos más caros y menor capacidad adquisitiva.

Es decir: el programa social ya no se percibe completamente como ganancia neta. Ahora hay ciudadanos que sienten que deben poner bolsa. Pero incluso así, Morena conserva ventaja amplia.

¿Por qué? Porque en frente no existe todavía una alternativa articulada. La oposición en Sinaloa atraviesa una crisis múltiple: carece de narrativa, de estructura territorial sólida, de liderazgo visible y, sobre todo, de cohesión. No logra conectar emocionalmente con el electorado porque sigue hablando muchas veces desde la nostalgia del pasado o desde una crítica técnica que no logra convertirse en esperanza política.

Y en política, la esperanza pesa más que el diagnóstico.

Mientras Morena mantiene una identidad reconocible —con todo y sus contradicciones— la oposición aparece fragmentada, reactiva y sin una figura capaz de encarnar un proyecto distinto. Criticar al oficialismo ya no alcanza; se necesita construir una emoción competitiva. Y tampoco criticar desde Polanco.

Ahora bien. Por eso la encuesta no solamente mide intención de voto. También mide el vacío opositor. Y como dice el Mandaloriano: el poder odia el vacío.

El dato del 45% no significa necesariamente aprobación absoluta. Significa, en buena medida, ausencia de competencia real. Significa que mucha gente puede estar inconforme, pero todavía no encuentra hacia dónde moverse.

Y ahí reside quizá la mayor fortaleza actual de Morena en Sinaloa: no gobierna únicamente sobre sus aciertos, sino también sobre las debilidades de sus adversarios.

La pregunta importante no es si existe desgaste, claro que sí existe. Hay un nicho poblacional que no quiere a Morena. Ahora bien. La verdadera pregunta es cuánto tiempo puede sostenerse esa paradoja donde la inseguridad erosiona, la economía aprieta, los programas sociales compensan parcialmente… y aun así el oficialismo sigue dominando el tablero político. Hasta ahorita.

Porque tarde o temprano, toda transferencia emocional o económica tiene límites. Pero la oposición no aparece. Todavía.