La mañana del último domingo de mayo mostró dos realidades: en la Ciudad de México, se preparaba el mitin para conmemorar los dos años de la elección de Claudia Sheinbaum en el Monumento a la Revolución. Esto, en medio de solicitudes de extradición y de futuras exigencias. Mientras tanto, en Culiacán, el día amanecía con noticias de violencia: 7 muertos en el penal de Aguaruto era la nota antes de que iniciara la celebración.
En Palacio de Gobierno, en Culiacán, se instalaron pantallas para seguir el evento. La gente llegó. Algunos por gusto y otros obligados por el compromiso. Entre la sombra y el solazo, observaban las imágenes de la celebración del poder.
Terminó el mitin y, poco después, un local en una zona de restaurantes comenzó a arder. Los comerciantes de la zona salieron a observar el fuego. No parecía ser únicamente un incendio lo que miraban. En sus rostros se reflejaba otra preocupación: que la pandemia del cobro de piso termine por instalarse como una nueva normalidad. Y eso sí da miedo.
Llegaron los bomberos y llegaron los militares. Fueron estos últimos quienes desviaron el tránsito. Los estatales tardaron en llegar, los agentes de Tránsito simplemente no aparecieron y de los municipales mejor ni hablamos. Los automovilistas reducían la velocidad para observar, para confirmar con sus propios ojos que el horror estaba ahí.
Al final del día quedó una imagen poderosa: mientras desde las pantallas se hablaba de fuerza política y continuidad, en las calles la conversación era otra. Era la seguridad, el miedo y incertidumbre.
El poder puede celebrar aniversarios, y sus contradicciones son para que el pueblo las padezca. Mientras tanto, la gente quiere certidumbre sobre algo mucho más simple: si puede vivir, trabajar y abrir su negocio sin miedo.
Y ese es el reto en Culiacán. ¿Nos estamos acercando a la paz o no?
Ayer el discurso era uno y las llamas en la zona restaurantera decían otra cosa.
