Las declaraciones recientes del exembajador estadounidense, Ken Salazar, han generado una intensa discusión política en México. La reacción inmediata de algunos sectores ha sido descalificarlas como una expresión de animadversión hacia la Cuarta Transformación. Sin embargo, una lectura más cuidadosa obliga a entender quién las emite y desde dónde se producen.
Salazar no pertenece a los grupos conservadores que históricamente han mantenido una relación conflictiva con los gobiernos de izquierda en América Latina. No es de ultraderecha. Fue representante de una administración demócrata, integrante de una corriente política que durante años impulsó una relación cercana con el gobierno mexicano y que privilegió el diálogo sobre la confrontación. Hay que recordar que en el Departamento de Estado en la administración de Biden le llamaban el “Embajador de la 4T” o muy cercano a AMLO.
Por ende, sus observaciones adquieren una relevancia distinta: no provienen de un adversario ideológico tradicional, sino de alguien que formó parte de los canales institucionales más importantes de comunicación entre ambos países. Don Ken hizo surco entre la Embajada y Palacio Nacional hasta que lo frizzearon.
Ese es precisamente el aspecto que merece atención. Cuando las críticas hacia un gobierno dejan de surgir exclusivamente de sus opositores y comienzan a aparecer desde sectores que forman parte del mismo entramado político y económico con el que se mantiene una relación estratégica, el debate cambia de naturaleza. Ya no se trata de una disputa entre izquierda y derecha ni de una confrontación entre proyectos ideológicos antagónicos.
México y Estados Unidos comparten una de las relaciones económicas más importantes del mundo. Millones de empleos, inversiones, cadenas de suministro y acuerdos comerciales dependen de la estabilidad política y jurídica entre ambas naciones. Desde Washington, independientemente de quién ocupe la Casa Blanca, existe un interés permanente en que México ofrezca certidumbre institucional, seguridad y condiciones favorables para el desarrollo económico.
Por ello, las observaciones de figuras como Ken Salazar deben interpretarse dentro de una lógica más amplia. Representan la mirada de sectores del sistema político estadounidense que observan con preocupación cualquier situación que pueda afectar la gobernabilidad, la confianza de los inversionistas o la cooperación bilateral. No hablan necesariamente como enemigos de Morena, sino como integrantes de una estructura de poder que evalúa permanentemente la salud política de su principal socio comercial en América Latina.
En política exterior, los países no tienen amistades permanentes ni enemistades eternas. Tienen intereses. Y cuando quienes representan esos intereses comienzan a expresar inquietudes sobre el rumbo de México, el debate deja de ser partidista para convertirse en un asunto de Estado.
El tema es que es el sistema politico americano cuestionando al aparato político de su vecino: a Morena lo quieren limpiar de la vieja herencia.
Al final, viéndolo en temas futbolísticos, salió de la cancha el embajador Jhonson y entró el embajador Salazar. Sigue la pausa de hidratación y, en lo que viene, vamos a ver cómo vuelve Trump y Jhonson a la cancha.
Por lo pronto, el exembajador Salazar explicó un momento de la vida política del país que todavía no se termina de explicar, y eso tiene que ver con Sinaloa.
Por ende, el microscopio de las agencias de inteligencias americanas y las del Estado mexicano, junto con sus Fuerzas Armadas, serán las que digan quién podrá hacer política en Sinaloa y quién no.
