Ayer, mientras la presidenta Sheinbaum presentaba el Olinia, el vehículo eléctrico mexicano, el viejo PRI en Coahuila sacaba su imperturbable y acostumbrado carro completo.

Hay estados que se parecen en los números, pero se distinguen en la cultura política. Coahuila y Sinaloa son un ejemplo de ello. Ambos vivieron las transformaciones del viejo régimen priista, ambos enfrentaron crisis económicas, cambios políticos y los embates de la violencia. Sin embargo, mientras Coahuila construyó una identidad basada en la industria, la institucionalidad y la estabilidad administrativa, Sinaloa terminó configurándose alrededor de una mezcla de agricultura empresarial, liderazgos personalistas y una gobernabilidad constantemente afectada por los efectos históricos de la violencia criminal.

La diferencia no es solamente económica, también es cultural. En Coahuila, llegaron con fuerza las corrientes de la teología de la liberación. Desde los púlpitos surgieron luchas sociales que fortalecieron la organización comunitaria y generaron una visión colectiva de los problemas públicos. La participación ciudadana adquirió un sentido comunitario que, con el tiempo, se trasladó a la vida institucional.

En Sinaloa, las luchas sociales fueron distintas. Durante las décadas de los setenta y ochenta, los movimientos más importantes nacieron en el agro y en protestas sociales contra los cobros de la CFE. Fueron luchas legítimas que transformaron regiones enteras y dieron voz a sectores históricamente marginados. Sin embargo, la organización social derivada de esos movimientos no logró consolidar una cultura institucional tan sólida como la que se desarrolló en Coahuila.

Quizá por eso los coahuilenses aprendieron antes que nosotros algo fundamental: que una sociedad menos desigual no se construye solamente con crecimiento económico, sino también con acuerdos colectivos y una visión de largo plazo.

Allá en Coahuila vencieron al desierto. Se les acabó el agua y aprendieron a racionarla y, con ello, a usarla. Aquí nomás no llueve se van a la Lomita a rezar. La diferencia de sociedad es abismal.

Coahuila es hoy una sociedad industrial. Posee una clase política cerrada, criticada y muchas veces señalada. A los Moreira se les puede acusar de prácticamente todo, y en muchos señalamientos quizá existan elementos para sostener los cuestionamientos, pero incluso sus adversarios reconocen que aquella clase política nunca olvidó una tarea esencial: generar obra pública, atraer inversión, fortalecer la infraestructura y mantener condiciones de gobernabilidad.

Mientras en muchas regiones del país la confianza en las policías locales desapareció, en Coahuila se construyeron corporaciones estatales y municipales que hoy gozan de niveles de confianza ciudadana que para los sinaloenses parecen una aspiración lejana.

También supieron cerrar filas políticamente. La ola de Morena arrasó buena parte del país, pero en Coahuila encontró un dique. En Sinaloa, ocurrió algo distinto. No supimos construir policías confiables, la seguridad recae en las Fuerzas Armadas, y con ello se entiende la Federación.

Hubo momentos clave en los que se pudo construir un relato de rendición de cuentas que blindara al estado frente al poderoso discurso nacional contra la corrupción. Uno de esos momentos apareció cuando un gobernador tuvo en sus manos la posibilidad política de cuestionar y rechazar cuentas públicas de su sucesor.

La oportunidad pasó, el mensaje nunca llegó a la ciudadanía y el vacío fue llenado por una narrativa nacional que encontró terreno fértil entre una población cansada de los excesos y decepcionada de sus élites.

¿El resultado? Seguimos dando vueltas en el desierto. Si algo saben en Coahuila, es vencer al desierto. Mientras los priistas en Sinaloa creen que es un aliciente el ver ganar al PRI en Coahuila, mejor preguntense qué supo hacer esa clase política para entender a una sociedad y no apartarse de ella.

Sea como sea, le tenemos mucho que aprender a Coahuila. Ellos están en paz y creando empleos. Eso es hacer política… no echar culpas de principios de siglo o discursos del siglo pasado.

¿Y en Sinaloa cuándo habrá paz? La pregunta que no se sabe responder.