Por momentos, la fiesta del futbol parecería una fiesta popular. Las banderas en las ventanas, camisetas en las calles, pantallas gigantes en las plazas y miles de personas reunidas alrededor de una pasión compartida. Sin embargo, basta acercarse a los estadios para descubrir otra realidad: la fiesta es para todos y hasta cierto punto, pero el acceso ya no.

En México 86, esa fiesta fue un acontecimiento extraordinario. Ahí todavía se conservaba la celebración popular. Veníamos de la herencia de la celebración de 1970. Por ello, el futbol seguía siendo un espectáculo masivo donde cualquier familia podía aspirar a entrar al estadio, incluso un paquete que incluía 13 partidos. La diferencia no es únicamente económica, es cultural.

La fiesta de este 2026 ha llevado la lógica comercial a niveles inéditos. El modelo de negocios es brutal. Mientras tanto, para miles de aficionados mexicanos, asistir a un partido se convirtió en una meta financiera que requiere meses o años de ahorro. Otros simplemente quedaron fuera. Los precios dinámicos, la reventa y la escasez de boletos han generado un fenómeno que resulta paradójico en México: muchos mexicanos viven el torneo desde afuera de los estadios.

Afuera del estadio hay miles de personas, cantan, celebran, se toman fotografías, consumen productos oficiales y forman parte de la atmósfera que las transmisiones internacionales venden como experiencia de esta celebración global. Son parte del espectáculo, pero no del acceso. Son espectadores de la fiesta desde la banqueta.

La geografía misma de la ciudad parece haber sido reorganizada para el evento: perímetros de seguridad, zonas controladas, restricciones de acceso y espacios temporalmente administrados bajo normas impuestas por una institución que no es el gobierno. No es una ocupación militar, por supuesto, pero sí una ocupación simbólica y comercial.

Durante unas semanas, ciertas áreas dejan de responder plenamente a las dinámicas cotidianas de la ciudad y pasan a funcionar bajo una lógica global diseñada desde Zúrich.

En el Zócalo capitalino, la fiesta de los fanáticos ofrece una alternativa para quienes no pueden entrar a los estadios, pero también representa una solución que normaliza la exclusión: si no puedes pagar la entrada, siempre podrás mirar la pantalla gigante.

México 86 fue un Mundial que el país vivió desde las tribunas. La fiesta de 2026 corre el riesgo de ser recordado, por muchos mexicanos, como algo que vivieron desde las vallas o las banquetas

Ahora bien, ¿qué sucede cuando el evento deportivo más popular del planeta deja de ser accesible para buena parte del pueblo que le da sentido?, ¿cuando el futbol, que nació en las calles, termina convertido en un producto de lujo que solo algunos pueden consumir desde adentro mientras la mayoría observa desde afuera?

El despojo de la fiesta es un lucrativo modelo de negocio. Hizo a un lado a la multitud, les quitó el show. Ese es para quien pueda pagarlo. A la multitud la replegaron, le quitaron su espacio, la butaca y la mandaron a la banqueta. Aún así, la multitud no dijo nada.

Esta fiesta es un experimento social. Te sacan de donde siempre has sido, te mandan a otro lugar y aún así te conformas y, en ese lugar, convives con las contradicciones sociales que en esta fiesta buscan ser visibilizadas.

A las elites, esta celebración global le reconfirma una gran lección: pueden quitarle a la gente la butaca (los derechos sociales) y mandarlos a la banqueta (precariedad laboral) y nadie va a decir nada… se van a conformar.

Porque lo único que quiere la gente es vivir, sea en las condiciones que sean. Están en modo rutina. La sociedad está en automático, y así es más fácil controlarla.