“Será la peor edición de todos los tiempos”, advirtió alguna vez Marcelo Bielsa. Y como suele ocurrir con los locos verdaderamente lúcidos, quizá el tiempo termine dándole la razón.

A unas horas de que ruede el balón en la Copa del Mundo más grande de la historia, resulta curioso que lo que menos se discuta sea precisamente el futbol. El deporte más popular del planeta ha quedado atrapado entre intereses comerciales, cálculos geopolíticos y un espectáculo diseñado más para las grandes corporaciones que para los millones de aficionados que, durante décadas, le dieron vida desde las tribunas, los barrios y las calles.

Porque sí, oficialmente nos hablarán de unión entre los pueblos, de fraternidad universal y de la magia del deporte. Los comerciales nos recordarán que todos somos hermanos durante noventa minutos y que el balón no distingue fronteras. Lo dirán con música épica, tomas aéreas y discursos perfectamente producidos.

Lo que difícilmente dirán es que, para ver esa supuesta fiesta popular, hoy hay que pasar primero por la caja registradora.

Si no estás acreditado, si no tienes varios miles de dólares para comprar boletos o si no puedes costear las múltiples plataformas y servicios de paga que monopolizan las transmisiones, probablemente terminarás viendo fragmentos en redes sociales. El Mundial del pueblo parece haber sido privatizado para consumo exclusivo de quienes pueden pagarlo.

Paradójico destino para un deporte que nació en los patios, en los terrenos baldíos y en los barrios obreros.

La propia FIFA, convertida desde hace tiempo en una especie de gerencia global del entretenimiento deportivo, guarda un silencio que hace ruido. Silencio frente a restricciones migratorias selectivas, silencio frente al trato diferenciado que reciben algunas delegaciones, silencio frente a decisiones que parecen responder más a intereses políticos que al espíritu deportivo que tanto pregonan.

Y es aquí donde la sátira se vuelve inevitable: nos hablan de globalización mientras levantan muros; nos hablan de inclusión mientras seleccionan quién entra y quién no; nos hablan de libertad mientras convierten el espectáculo más popular del planeta en un producto premium, como si el futbol hubiera pasado de ser patrimonio cultural de los pueblos a convertirse en un paquete VIP.

¡Pobre futbol! Tan lejos del pueblo y tan cerca del dinero.

Sin embargo, entre tanta contradicción, hay algo que merece reconocerse: México y Canadá han optado por una ruta distinta. Con todos sus problemas internos, que son muchos y complejos, han apostado por abrir puertas, recibir visitantes y mostrar al mundo el rostro hospitalario de nuestras sociedades.

México llega a esta cita mundialista con enormes desafíos, pero también con algo que ninguna corporación puede vender ni comprar: la capacidad de hacer sentir bienvenido al extranjero y de convertir una fiesta deportiva en un encuentro más humano.

Porque más allá de las decisiones de escritorio, de los contratos millonarios y de las disputas políticas, el Mundial sigue perteneciendo a la gente. A quienes organizan quinielas en la oficina, a quienes madrugan para ver partidos, a quienes juegan en una cancha de tierra soñando con vestir, algún día, la camiseta nacional.

Al final, el futbol siempre encuentra la forma de escapar de quienes intentan convertirlo únicamente en negocio.

Por eso, pese a las protestas, las tensiones internacionales y las evidentes contradicciones de esta edición, vale la pena conservar una pequeña dosis de optimismo. Quizá aparezca una selección inesperada, quizá surja una historia capaz de inspirar a millones, quizá volvamos a sentir esa emoción colectiva que nos hizo celebrar a los campeones Sub-17 o a la generación que conquistó el oro olímpico en Londres 2012.

Y cuando eso ocurra, cuando el balón vuelva a imponerse sobre los intereses, recordaremos por qué seguimos amando este deporte.

Desde aquí, el mayor de los éxitos para quienes están a punto de representar a nuestro país en la máxima competencia futbolística.

Y a nosotros, los aficionados, nos toca algo igual de importante: dejar por un momento las diferencias, las filias, las fobias, los colores partidistas y las discusiones cotidianas.

Porque durante noventa minutos, más allá de cualquier ideología, seguimos compartiendo algo esencial: la esperanza de ver ganar a México.

Y esa, afortunadamente, todavía no la han privatizado.