Durante décadas, la izquierda mexicana aprendió a sobrevivir bajo la hegemonía del PRI. La persecución política, la vigilancia y la infiltración de la Dirección Federal de Seguridad convirtieron a la delación en una herramienta de supervivencia. Quien hablaba primero vivía más. Hasta el día de de hoy, los delatores sobrevivieron. Ser dedo era y es ser del “sistema”.

Ahora bien, la historia parece dar una vuelta irónica. En The New York Times, Steve Fisher, Jack Nicas y Alan Feuer publicaron el sábado pasado que funcionarios de Morena han comenzado a ofrecer información al gobierno de Donald Trump sobre integrantes de su propio movimiento ante el temor de convertirse en los siguientes objetivos de investigaciones estadounidenses. Delato, luego existo; pongo el dedo y sobrevivo, pareciera decir la máxima de Descartes.

Así, por descarte, buscan los morenistas sobrevivir al embate del águila americana.

Según el diario, algunos militantes morenistas buscan adelantarse a los acontecimientos y construir una relación de cooperación con las autoridades norteamericanas.

Ahora bien, pareciera que la cohesión ideológica comienza a ser sustituida por el instinto de conservación. La lealtad deja de medirse por la desintegración de confianza interna y empieza a calcularse por la utilidad procesal. En ese sentido, cuando un régimen político deja de confiar en los suyos comienza a derrumbarse desde dentro. Si las cúpulas están dispuestas a delatar para salvarse, ¿quién delata y a quién hunden?

La paradoja es extraordinaria. Aquellos que durante años denunciaron al viejo régimen por construir una política basada en expedientes, informantes y traiciones, hoy podrían verse atrapados por la misma lógica. El instrumento con el que una parte de la izquierda sobrevivió al viejo PRI podría convertirse ahora en el mecanismo para sobrevivir dentro de su propio régimen: poner el dedo es sobrevivencia.

No sería el nacimiento de una nueva oposición, sino de una nueva especie política: funcionarios que entienden que el mejor seguro de vida ya no es el respaldo del partido, sino el valor de la información que poseen y a quien se la entregan.

Quizá estemos frente al “Cártel de los Sapos”, como tituló alguna vez la ficción colombiana sus historias de delación. Tal vez asistimos al surgimiento de los “Sapos Guindas”, una generación de políticos que descubrió que, cuando el poder comienza a fracturarse, el secreto se convierte en la moneda más valiosa para negociar la propia supervivencia política.

Porque cuando el miedo sustituye a la convicción, la delación es una herramienta para sobrevivir. En ese orden de ideas, ¿los “Sapos Guindas” delatarán al Ejército? Es pregunta a paso veloz.

PD: en el mismo día, y al mismo tiempo, mientras el New York Times publicaba esa información, en el World Trade Center de CDMX se inscribían 13 militantes para buscar ser la beneficiaria o el benefeciario para ser la coordinadora o coordinador de la defensa de los comités de la 4T en Sinaloa.
¿Coincidencia o casualidad?

PD2: mi amiga Natalí Gaxiola, mujer de izquierda, por ende culta y funcionaria valiosa, me envía una postal a la que no daba crédito por más que la veía, hasta que ella me explicó: en el Centro Cultural de Tijuana, en la exposición de 31 Minutos, en la pantalla estaban los posicionamientos de periodistas, analistas e influencers sobre el Tiny Desk de 31 Minutos y, entre ese mar de opiniones, estaba la de un servidor que di en este espacio hace 8 meses.