La publicación del libro del exembajador Ken Salazar y sus declaraciones en entrevista con Ilia Calderón en el programa de N+ Univision no parecen ser un simple ejercicio de memoria de trabajo diplomático. Las declaraciones llegan en un momento en que la relación entre México y Estados Unidos atraviesa una etapa de creciente tensión por asuntos de seguridad, combate al narcotráfico y comercio. En la política exterior americana, el tiempo, sobre todo el tiempo y el silencio, también comunican.

El exembajador Salazar, al afirmar que intentó, en cuatro ocasiones, comunicarse con el presidente Andrés Manuel López Obrador tras la captura de Ismael “El Mayo” Zambada, no solo busca deslindar a Washington de cualquier operación unilateral en territorio mexicano. También pretende dejar constancia de que Estados Unidos sí buscó informar y mantener abiertos los canales diplomáticos, pero que del otro lado encontró silencio. Extraño que lo diga ahorita. ¿Por qué lo hace hasta hoy?, ¿busca congraciarse con el stablishment americano o busca amortiguar un ataque de Trump a la ineficacia del gobierno de Biden ante este asunto?

La narrativa es relevante porque, desde el primer momento, el gobierno mexicano cuestionó la falta de información sobre las circunstancias en que uno de los líderes históricos del narcotráfico terminó bajo custodia estadounidense. Salazar ahora responde a esa versión:

Esa noche, el fiscal de los Estados Unidos, Merrick Garlan, y yo preparamos una respuesta más formal para el gobierno mexicano (…) De nuevo, envié esta comunicación directamente a AMLO y le ofrecí reunirme con él para hablar sobre la operación. Esperé por horas su respuesta, y nada.

El hecho de que, según su relato, no hubiera respuesta presidencial traslada parte de la responsabilidad política al gobierno mexicano.

Más que un reclamo personal, se trata de una pieza de construcción histórica. Los libros de exembajadores suelen convertirse en documentos de referencia para futuros gobiernos, académicos y analistas. Salazar parece interesado en que quede asentado que la crisis no fue producto de una falta de comunicación de Washington, sino de una decisión política de México.

Sin embargo, el mensaje también envía una señal hacia el presente. En un contexto donde la cooperación bilateral enfrenta fricciones por el combate al crimen organizado, el tráfico de fentanilo, los aranceles y las diferencias comerciales, recordar que el diálogo institucional fue rechazado implica una advertencia: las crisis entre ambos países no solo dependen de la confianza, sino de la disposición política para hablar.

En diplomacia, el silencio rara vez es neutral. Y cuando un exembajador decide contar, dos años después, que nadie respondió sus llamadas, probablemente no esté hablando únicamente del pasado. Salazar está enviando un mensaje sobre el futuro de una relación que necesita más comunicación y menos sospechas.

¿Qué nos demuestra el silencio en estos momentos? Primero, que no hubo reflejos y eso, posteriormente, detonó en una falta de previsión de una guerra interna del entramado criminal en Sinaloa, de la cual vamos a tardar tiempo en reponernos.

El exembajador Salazar sabe más cosas y no las cuenta en el libro, pero las encripta. Primero, dijo que ninguna agencia hizo el traslado. Años después, el FBI se adjudicó la operación. ¿Mintió o fue ingenuo? Salazar o no sabía o lo sabía todo.

El silencio del expresidente mexicano dice mucho. Según Salazar, se paralizó. AMLO no contaba con la astucia de los americanos y le movieron su salida.