El campo mexicano ha entrado en una etapa de incertidumbre que puede prolongarse durante varios años. Estados Unidos decidió no extender el T-MEC por otros 16 años en su forma actual, aunque el acuerdo continúa vigente hasta 2036. A partir de ahora, las diferencias deberán revisarse anualmente hasta que los tres países alcancen un nuevo entendimiento. Para la agricultura mexicana, esta negociación permanente revive una vieja amenaza: la estacionalidad.
La revisión anual cambia por completo el ambiente comercial de América del Norte. Los beneficios arancelarios y las reglas actuales se mantienen, pero productores, exportadores e inversionistas ya no cuentan con la certidumbre que habría ofrecido una extensión de largo plazo. Cada año podrán reabrirse temas que parecían resueltos y surgir nuevas exigencias. El campo tendrá que defender sus intereses de manera constante, técnica y organizada.
Uno de los asuntos que puede regresar repetidamente a la mesa es la estacionalidad agrícola. Este mecanismo permitiría establecer condiciones comerciales diferentes durante determinados meses, especialmente cuando las cosechas mexicanas coinciden con la producción de algunas regiones estadounidenses. Un producto podría ingresar normalmente durante una parte del año y enfrentar restricciones durante otra temporada. En la práctica, las reglas del comercio cambiarían de acuerdo con el calendario agrícola.
Los productores del sureste de Estados Unidos llevan décadas presionando para conseguir este tipo de protección. Organizaciones de Florida, Georgia y otros estados argumentan que las importaciones mexicanas reducen sus precios durante los periodos de cosecha local. La propuesta estuvo presente en las negociaciones del antiguo TLCAN y volvió a aparecer durante la construcción del T-MEC. Aunque no fue incorporada al tratado, permanece viva en la agenda política estadounidense.
La presión se concentra en productos perecederos como tomate, fresa, arándano, pepino, calabaza y chile bell. México ha ganado participación en estos mercados gracias a su clima, experiencia agrícola, tecnología, cercanía geográfica y capacidad para abastecer durante gran parte del año. Esa eficiencia incomoda a ciertos grupos que buscan frenar las importaciones cuando compiten directamente con ellas. Las revisiones anuales les brindan nuevas oportunidades para insistir en sus demandas.
El peligro consiste en que una propuesta rechazada hoy vuelva mañana con otro nombre o mediante un procedimiento distinto. La estacionalidad podría impulsarse a través de investigaciones regionales, cambios en las reglas antidumping, cuotas compensatorias o mecanismos especiales para productos perecederos. Estados Unidos ya cuenta con instrumentos comerciales que permiten investigar las importaciones sin modificar el tratado. La negociación anual puede convertir esos expedientes en argumentos para exigir nuevas concesiones.
El tomate mexicano demuestra hasta dónde puede llegar esta presión. Durante décadas, los productores han enfrentado investigaciones, acuerdos de suspensión, costos legales y amenazas de cuotas compensatorias que alteran la planeación comercial. Otros productos, como algunas berries, también se encuentran bajo vigilancia o procedimientos semejantes. Fragmentar las investigaciones por temporada o región facilitaría demostrar un supuesto daño durante periodos cortos. Los pequeños y medianos agricultores tendrían mayores dificultades para defenderse.
A esta amenaza se suma una preocupación aún más delicada: que el campo sea utilizado como moneda de cambio. Las negociaciones también incluyen asuntos relacionados con automóviles, autopartes, acero, aluminio, maquiladoras, energía, contenido regional y cadenas de suministro. México buscará preservar beneficios para industrias que generan millones de empleos y grandes volúmenes de exportación. El sector agrícola debe cuidar que esas prioridades no terminen pagándose con concesiones en frutas y hortalizas.
Aceptar restricciones para el tomate, las berries, el chile bell o el pepino a cambio de ventajas para la industria automotriz sería profundamente desigual. Detrás de cada embarque agrícola existen productores, jornaleros, empacadores, transportistas, técnicos y comunidades rurales completas. La agricultura genera divisas, inversión, empleo y desarrollo regional, además de sostener la seguridad alimentaria de América del Norte. ¿Está México dispuesto a defender una caja de tomate con la misma firmeza que una planta automotriz?
También debemos recordar que la producción mexicana complementa a la estadounidense durante buena parte del año. Cuando el clima o los costos limitan la oferta local, las frutas y hortalizas mexicanas ayudan a mantener abastecidos supermercados, restaurantes y hogares. Las restricciones estacionales podrían elevar precios, reducir la variedad y provocar inestabilidad en las cadenas de suministro. Proteger temporalmente a determinados grupos estadounidenses terminaría afectando a millones de consumidores.
México necesita establecer como línea roja cualquier intento de incorporar la estacionalidad al tratado, a convenios paralelos o a nuevos procedimientos comerciales. Las organizaciones agrícolas deben participar en cada revisión con información sobre costos, empleos, inversiones y efectos para el consumidor estadounidense. También será indispensable fortalecer la defensa jurídica, la inteligencia comercial y la diversificación de mercados. El campo mexicano no puede ser la semilla que se sacrifique para que otros sectores cosechen.
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