Ya en frío, y digiriendo mejor de lo esperado la derrota (una más) en la instancia de siempre, podemos venir a platicar de lo sucedido en la cancha del Estadio Azteca, en lo que fue la despedida de México como anfitrión de esta Copa del Mundo, y también como participante del certamen.

Una vez más, la República Mexicana compró el discurso y la excelente fase de grupos que se aventó el equipo de Javier Aguirre, además del imperial partido que se jugó ante los resentidos ecuatorianos que todavía se siguen lamiendo las heridas tras lo que fue una de las derrotas más dolorosas en su historia, y a manos de un equipo que consideraban “inferior”, pero bueno eso es tiempo pasado.

México no vivía momentos de mayor ilusión, de mayor esperanza y convencimiento de que esta “era la buena”, que era el momento de dar ese salto hacia adelante, y qué mejor escenario que en territorio nacional, con el factor clima, el factor altitud y el factor estadio donde había una abrumadora y casi total mayoría de afición tricolor empujando a la selección.

¿El rival?, una Inglaterra que llegaba muy dubitativa a este difícil compromiso, con un fútbol hasta ese momento intermitente y que de buenas a primeras acusaba una especie de intimidación ante el escenario y las difíciles condiciones que el partido ponía en su contra. Incluso durante la ceremonia de los himnos, el único que parecía estar a la altura del desafío era el mediocampista Declan Rice; el resto de sus compañeros traían una cara de nerviosismo que no podían con ella.

Como se esperaba, el juego cumplió con la pauta de lo que todos considerábamos como “un hecho”: el Azteca rugiendo con todo buscando incomodar a los ingleses, empujando con todo y hasta por momentos haciendo que la toma de la televisión fuera inestable por los saltos de los más de 80 mil aficionados mexicanos alentando al tricolor.

Pero bueno, como no puede ser de otra forma en México, cuando mejor jugaba la selección, un par de desatenciones costaron dos goles en menos de cinco minutos. Primero Roberto Alvarado y Jorge Sánchez que aflojaron la marca de un Jude Bellingham que realizó su patentado pique hacia el área chica para rematar un centro de Bukayo Saka, jugada precedida por un galope a campo abierto de más de 70 metros de Declan Rice quien jamás tuvo oposición, puesto que Luis Romo perdió la marca del inglés.

México estaba encima de Inglaterra, había tenido par de intervenciones de escándalo de Jordan Pickford que ahogaron el grito de gol del Estadio Azteca; el arquero británico salía en plan grande pese a estar presionado por un pletórico Coloso que hacía su partido, y contra un Raúl Jiménez que ya estaba ensañado con él, al haberle anotado 6 goles previamente y ser su portero preferido en el casillero de “víctimas”.

El segundo gol cayó inmediatamente después del primero, esta vez por un lujo innecesario de Gil Mora quien perdió la pelota en ¼ de terreno, y de nueva cuenta apareció Jude Bellingham en lo que fue una calca de su primer tanto; de manera injusta podría decirse, pero sí esperada, México ya estaba abajo 0-2 y el estadio pasó a ser un panteón.

Julián Quiñones siguió demostrando su mentalidad fuerte y sus cualidades de un distinto en nuestro país, porque fue el único que buscó y generó peligro en el marco rival, fue en la compensación cuando tuvo su recompensa y logró descontar en el marcador. El mexicano en un solo mundial logró empatar la marca de goles del máximo goleador de la selección, Javier Hernández, quien necesitó de 3 Copas del Mundo para anotar cuatro tantos, se dice y no pasa nada.

El complemento arrancó con México empujando a todo pulmón y con unos ingleses que ya mostraban los signos de la fatiga y la altura, la selección los tenía en el plato y además de ello los 3 leones vieron como Jarell Quansah se iba expulsado por una fuerte falta sobre Jesús Gallardo. México iba contra 10 ingleses y mínimo 30 minutos por delante para empatar y ganar el juego… pero apareció, como siempre, esa desatención, ese pestañeo, esa distracción que caracteriza a nuestro país, con un penalti sobre Anthony Gordon, mismo que cobró Harry Kane y puso el 1-3 que fue imposible de alcanzar.

Ni siquiera un penalti convertido por Raúl Jiménez para el 2-3 pudo darle la suficiente gasolina a una selección mexicana que tenía todo para poder remontar el partido y hacer historia, México como siempre sería México en los últimos 30 minutos.

Como no podía ser de otra forma, Javier Aguirre hizo los cambios más dudosos de la historia, sacando al jugador más trascendental e importante del equipo como lo es Julián Quiñones, para meter a Guillermo “Memote” Martínez a hacer bulto en el área bajo el pretexto de que es un futbolista de buena estatura y que peleara centros al área… mismos que jamás llegaron.

No sin antes haber mandado al campo a Brian Gutiérrez y a Santiago Giménez al terreno de juego, el primero visiblemente aterrado por el escenario que se enfrentaba a tal punto de que hizo mal el saque de reanudación tras el 1-3 inglés y regaló la pelota al rival, algo jamás antes visto en la historia de las Copas del Mundo. Y el caso del “chaquito”, bueno, está de más decir lo patética que fue su participación durante todo el torneo: lento, sin movilidad, incapaz de recibir una pelota, fuera de forma, y para colmo, en una de las últimas jugadas del partido se lesionó solo su tobillo, quedando tirado en la cancha y siendo sacado del rectángulo del juego por sus propios compañeros, en lo que fue una de las más tristes y deprimentes postales en la historia del Estadio Azteca.

El tiempo se acabó, y como no es de otra forma, el siempre presente anhelo y aspiración de México, el mentado “y si, ¿sí?” que tan poca mentalidad ganadora irradia, se respondió con un simple y sencillo: “siempre no”.

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¿Qué conclusiones podemos sacar de esto? Bueno, para ser conciso, lo mandaré como simples frases que espero sean de utilidad para responder las miles de preguntas que nos hemos hecho todos los mexicanos:

  1. México tiene mentalidad pequeña, en un escenario tan más favorable para poder hacer historia, simplemente los jugadores se hicieron chiquitititititos, carentes de ideas, o tal vez, carentes de personalidad para hacer algo distinto.
  2. Javier Aguirre, para sorpresa de nadie, de nueva cuenta muestra nulo pensamiento crítico y cabeza fría en momentos de máxima presión, una vez más, los cambios que mandó a la cancha fueron para descomponer el equipo; en partidos anteriores ya habíamos acusado de este tema, pero para su fortuna no había sido un error costoso.
  3. El peor cambio de la década fue sacar a Julián Quiñones para meter a un jugador limitado como “El Memote” Martínez; Armando González tiene más movilidad e inteligencia de área, además fue goleador de la Liga MX, pero bueno, volvamos al punto 2.
  4. Jugadores como Brian Gutiérrez, Edson Álvarez, Jorge Sánchez o Santiago Giménez, son el fiel reflejo del mexicano promedio: incapaces de mantener la concentración durante todo el partido, y siempre errores o desatenciones son las que cuestan partidos, como las tuvieron ayer estos jugadores.
  5. México no tiene calidad futbolística, Inglaterra por su parte está acostumbrada a que sus jugadores enfrenten partidos de extrema presión y trabajan psicológicamente para no derrumbarse, por más adversa que sea la situación, aquí simple y sencillamente nos hacemos en los pantalones
  6. Increíble el naufragio mental de México para no ser capaces de perforar la portería de una Inglaterra que al minuto 70’ ya estaba fundida y no atacaba en lo absoluto a la portería mexicana, Harry Kane terminó el partido hablando como Mickey Mouse por el sobreesfuerzo físico
  7. El cambio era Luis Chávez por Gilberto Mora. Inglaterra tenía todo el camión atrás, y lo que hacía falta era tirar desde fuera del área, no lanzar centros a la olla cuando el inglés más chaparro medía 1.85
  8. Jugadores como Edson Álvarez, Luis Romo y Jorge Sánchez no pueden volver a vestir la camiseta de México
  9. Este es nuestro techo, ser de los mejores 16 del mundo, pero no más allá, no tenemos la capacidad para dar ese salto porque la mentalidad juega en contra y la calidad futbolística no da para más
  10. Si no pudimos trascender con uno de los caminos más claros en la historia, jugando en casa todo el torneo, y teniendo una seguidilla de tres juegos en el Estadio Azteca donde incluso van dos partidos de KO, jamás en la vida lo vamos a poder hacer, era ahora o nunca.

Es cierto, hay una excelente base de jugadores jóvenes que si se arropan bien pueden dar el estirón, pero vamos, tenemos diciendo eso desde 1998, incluida la “generación dorada” del 2005 que fue campeona sub-17 en Perú, y que en 2010 no pasó absolutamente nada con ellos.

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Con esto terminamos por hoy, la buena noticia es que ya jamás volveré a escuchar a alguien decir el tan agachón “y si, ¿sí?”, porque el permanente anhelo y aspiración de que las cosas se den de diferente forma es lo que nos mantendrá en la medianía de siempre, ese “ojalá se dé” que aplica para todos los aspectos de la vida jamás nos permitirá hacer las cosas de forma distinta, al menos no hasta que se deje de pensar desde la aspiración y se cambie por pensar desde el mérito y el trabajo duro.

Hasta la próxima.