Reinventando la Política

 

Hay futbolistas que juegan al balón y hay otros que parecen jugar con el tiempo. Julián Quiñones pertenece a esa rara especie que aparece cuando un partido parece condenado al bostezo y, de pronto, llega como anunciando el tiempo que viene, como anunciando el futuro, altera las leyes de la realidad: entra, corre, desordena y anota. Como si hubiera estado ahí desde siempre sabiendo lo que iba a pasar: como un gitano.

No es casual que su historia recuerde a Melquíades, el gitano de Cien años de soledad. Aquel personaje llegaba a Macondo cargando inventos imposibles, imanes Macedónicos que descubrían el oro, catalejos para mirar lo lejano y el hielo, entre otros. Quiñones de nacimiento colombiano y mexicano por decisión, también arribó a nuestro país con una maleta llena de improbabilidades.

Quiñones como  Melquíades, terminó siendo indispensable para entender la historia de Macondo, Quiñones tampoco necesita renunciar a su origen para convertirse en parte de la memoria futbolística mexicana, porque deportivamente hablando ya es héroe nacional. En tiempos donde la conversación pública vive atrapada entre polarizaciones, listas negras y nacionalismos de ocasión, el delantero recuerda que existen otras formas de pertenecer: el esfuerzo, la lealtad y el mérito.

Y es qué, entonces sucede el pequeño milagro: Dicen que cada vez que Julián Quiñones mete un gol, de la red de la portería salen mariposas amarillas. Según cuentan, son parte del festejo. Vuelan liberadas.

Posdata. En Culiacán, donde desde hace meses la violencia le ha robado espacio a la normalidad, el triunfo de la Selección Mexicana tuvo un significado distinto. Por un rato, los gritos fueron de gol y no de miedo. A una ciudad cansada de las malas noticias le urgía, aunque fuera durante noventa minutos, una alegría colectiva.