La visita del número dos del Estado Vaticano no solamente fue protocolaria, sino que hubo un alto significado político.

La presencia del cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado de la Santa Sede, junto con la presidenta Sheinbaum puede comprenderse como una nueva fase de entendimiento ante el centenario de la Guerra Cristera y, en la actualidad, al contexto de descomposición social ante la desaparición forzada y la lucha de madres buscadoras.

El cardenal Parolin no solamente es un representante religioso. Es el más influyente operador diplomático del Vaticano y un interlocutor acostumbrado a tratar asuntos de Estado, conflictos sociales y procesos de paz. Por ende, no es casual que a Pietro Parolin, el diplomático del Vaticano, se le haya colocado el sobrenombre de ‘El Tiburón’. Detrás de su tono sereno, está uno de los operadores políticos más experimentados de la Santa Sede.

Ahora bien, su presencia en México adquiere especial relevancia en un país donde la violencia, las desapariciones y la crisis de seguridad han colocado a las víctimas en el centro del debate público. Pero quizá el gesto más significativo sea que, después del encuentro político, haya espacio para una misa dedicada a las madres buscadoras.

En ese momento, el entorno se modifica radicalmente: se pasa del Palacio Nacional al templo, de la diplomacia al sufrimiento, de los representantes gubernamentales a las mujeres que, con esperanza y dolor, buscan los restos de sus hijos en fosas clandestinas.

Las madres buscadoras han emergido como una de las manifestaciones sociales más contundentes frente a la crisis de desapariciones en México. Han exigido al Estado que la búsqueda de sus seres queridos no se reduzca a un simple trámite administrativo, sino que se asuma como una responsabilidad moral, institucional y humana. En junio pasado, la presidenta Sheinbaum afirmó que recibe a madres buscadoras, aunque aclaró que no realiza “propaganda” sobre dichos encuentros.

Por este motivo, la celebración de la misa adquiere una dimensión política ineludible: la Iglesia está ocupando un rol de acompañamiento a las víctimas que, a su vez, interpela de manera directa al Estado.

Y aquí aparece una coincidencia histórica particularmente poderosa: en el año 2026 se conmemora el centenario del inicio de la Guerra Cristera, un conflicto que estalló en 1926 bajo el mandato de Plutarco Elías Calles, enfrentando al Estado mexicano con sectores católicos hasta la firma de los acuerdos en 1929.

Un siglo después, México ha cambiado profundamente. El enfrentamiento armado entre el Estado y los católicos pertenece al pasado, la Constitución garantiza la separación entre las iglesias y el Estado, y la relación institucional ha evolucionado. Sin embargo, la historia ofrece una advertencia clara: cuando el Estado pierde la capacidad de escuchar y atender el sufrimiento social, otros actores ocupan ese espacio de representación.

Cien años después, no son los cristeros quienes se levantan para alzar la voz, son madres buscadoras que marchan con fotografías de sus hijos desaparecidos, buscando con sus propias manos lo que las instituciones no han podido o querido encontrar.

Tal vez, en este contexto se revela la verdadera relevancia del cardenal Parolin. Ahora bien, no se trata de suponer que el Vaticano pretende intervenir en la política mexicana, sino de reconocer que la Iglesia posee una notable capacidad de interlocución social y que, ante una crisis humanitaria como la de las desapariciones (la cual se niega constantemente), puede convertirse en un puente entre las víctimas, la sociedad y el Estado.

La imagen de Parolin junto a Sheinbaum se puede interpretar como un acto diplomático. La misa con las madres buscadoras representa algo distinto: eso es memoria, dolor y legitimidad social.

En el año del centenario de la Cristiada, la imagen resulta inevitablemente simbólica y podríamos preguntarnos: ¿qué aprendió México de aquel conflicto para enfrentar los conflictos del México de 2026?