Los mexicanos sabemos que nuestra máxima casa de estudios es la UNAM. Es, con toda justicia, la universidad pública de habla hispana más importante de América y una de las instituciones de educación superior más reconocidas del mundo. ¿Hasta aquí vamos bien?
En sus aulas se forman científicos, médicos, abogados, ingenieros y humanistas que han contribuido al desarrollo del país durante más de un siglo. Ahora bien, también en las últimas décadas, se han forjado miles de ingenieros en computación, desarrolladores de software y, últimamente, especialistas en inteligencia artificial.
Por ello, es necesario precisar que resulta bastante desconcertante que una institución con semejante capital cultural y humano haya determinado depender de una empresa externa para operar uno de los procesos más sensibles de su vida académica: el examen de admisión.
Uno de los problemas que nos deja pensando fue la contradicción que dejó el rector Lomelí al descubierto y, por lo tanto, nos hace preguntarnos varias cosas:
¿Quién decidió escoger por un software licitado y no por uno propio de la universidad? Lo que nos lleva a seguir cuestionando: ¿cómo es posible que la universidad, que forma a algunos de los mejores ingenieros del país, no pudiera garantizar, con talento propio o con una supervisión rigurosa, una plataforma capaz de soportar un proceso de esta magnitud?
Es como si en la chocolatería de Hershey´s tomaran Chocolate Abuelita y lo publicitaran.
El ir por un software externo fue el error; el resto, consecuencias. Ahora bien, las fallas del sistema externo no solo interrumpieron un examen, sino que también dañaron la reputación de la UNAM y, con ello, la de la gestión del rector.
La contingencia informática va a ser la piedra en el zapato en esta administración. Aunque la UNAM seguirá siendo una de las grandes universidades del mundo, pues una falla informática no borra décadas de prestigio, sí deja una lección durísima: cuando una institución que produce conocimiento pierde el control sobre la herramienta que lo hace posible, el problema ya no es de tecnología, es de gobernanza. Y ese, quizá, fue el verdadero examen que la universidad no logró aprobar.
A Carpizo le explotó el tema de las reformas y el pase automático, un movimiento que se le volcó en contra y dificultó su gestión y, con ello, su reelección. A Lomelí, la falta de confianza en su comunidad, la IA y su software externo le va a costar lo mismo. Aún así, la trayectoria del Dr. Lomelí no es la misma de Carpizo, quien en la administración pública tuvo logros posteriores y, obvio, con una estatura impresionante.
Al perder la gobernanza, el rector Lomelí perdió su capacidad para reelegirse, pues perdió la confianza al interior de la comunidad, y más con los alumnos de nuevo ingreso.
A la UNAM la algoritmearon, le manipularon la conversación, algoritmearon el proceso sin escuchar a la comunidad universitaria. El algoritmo no entendió la complejidad de la admisión y se llevó al baile al rector y, con ello, vulneró el prestigio de la UNAM
El rector Lomelí perdió el tren de la reelección. Tal vez nunca entienda en qué momento ocurrió, o tal vez piense que fue un error de cálculo o un algoritmo mal diseñado. Incluso podría preguntarle al ChatGPT para buscar una explicación, pero la respuesta es mucho más simple: el maquinista de ese tren es la confianza de la comunidad universitaria. Por eso perdió la gobernanza y se le fue el tren.
Es tarde ya para pedir perdón, reza el tango o… el ska.
