En el sistema político mexicano, sigue existiendo una regla incómoda que pocas veces aparece: los hombres que alguna vez fueron indispensables para el poder pueden convertirse en desechables cuando el régimen necesita cambiar de piel.
Jorge Díaz Serrano, poderoso director de Pemex durante el gobierno de José López Portillo, terminó desaforado y encarcelado al inicio del sexenio de Miguel de la Madrid bajo el discurso de la “renovación moral”.
Algo parecido ocurrió con el sindicalismo petrolero. La caída de La Quina y el desplazamiento de Salvador Barragán, quien llegó a buscar refugio en las oficinas de Fidel Velázquez, simbolizaron la ruptura de Carlos Salinas con una parte del viejo poder corporativo.
No se trata de afirmar que aquellos hombres fueran inocentes. Se trata de observar la lógica política: cuando cambia el proyecto de poder, también cambian sus aliados, sus lealtades y sus enemigos.
Los que antes financiaron campañas, resolvieron problemas o fueron parte de los acuerdos inconfesables del sistema pueden terminar convertidos en el rostro de aquello que el nuevo gobierno necesita combatir. Por eso, resulta inevitable mirar al pasado con la vista puesta en el presente.
¿Estamos nuevamente ante un cambio de piel del sistema, donde algunos de quienes fueron piezas fundamentales comienzan a volverse prescindibles? Es pregunta con fundamento e imprescindible.
El sistema político sigue siendo el mismo. La historia política mexicana deja una advertencia: el poder puede ser muy generoso mientras necesita a sus hombres; cuando deja de necesitarlos, puede volverse implacable con ellos.
Marx decía que la historia se repite primero como tragedia y después como farsa. En la política mexicana, quizá habría que agregar una tercera posibilidad: primero como tragedia, después como farsa y, tal vez, el presente explica que, finalmente, como advertencia.
