El discurso de la presidenta Sheinbaum enumeró lo que explicó. En su visita a Sinaloa, habló de bienestar, de programas sociales, de millones de beneficiarios y de la presencia del Gobierno Federal, pero también habló, y con particular insistencia, de soberanía y de no permitir la injerencia extranjera.
¿Casualidad? Puede ser ¿Por qué venir a decir eso a Sinaloa? Políticamente, resulta interesante observar cómo ambas cosas aparecen juntas. Por un lado, un Estado que presume su capacidad para llegar al territorio mediante pensiones, becas, vivienda, servidores de la nación y programas sociales. Por otro, un Estado que muestra músculo mediante el Ejército y las Fuerzas Federales. Bienestar y fuerza: dos formas distintas de presencia en lo territorial. Los chalecos guindas y los chalecos verdes.
Dio cifras: 378 mil adultos mayores reciben el programa federal de 65 y Más; 58 mil beneficiarios del programa Sembrando Vida; 124 mil estudiantes de secundaria reciben la Beca Rita Cetina; 88 mil mujeres mayores de 60 años reciben el programa Pensión Mujeres Bienestar y hay 55 mil Viviendas del Bienestar. Con esas cifras, más otros programas sociales, nos dan 1 millón 128 mil personas que reciben un apoyo de la Federación. Esto es, aproximadamente, un 34% de la población y el 49% del listado nominal.
Contra esos números, ¿cómo le va a hacer la oposición para enfrentar a la Cuarta Transformación? Es pregunta sin afán clientelista. Desde una lectura política, no estaríamos solamente frente a programas sociales, sino ante una creciente capacidad de gobierno de la población: saber dónde está, quién recibe qué, qué necesidades tiene y mediante qué estructuras institucionales puede llegar el Estado. Eso no es más que el aviso del estado de fuerza electoral, una infraestructura territorial que, inevitablemente, tiene una dimensión política.
Y luego, en el discurso, se habló de la insistencia en la injerencia. La presidenta Sheinbaum parece que levantó una frontera discursiva: cooperación sí, subordinación no. México decide sobre México, pero aquí aparece una pregunta que quizá sea más interesante que la propia respuesta: ¿no estará también construyendo, desde ahora, un argumento para enfrentar escenarios que todavía no conocemos?
Porque cuando un gobierno insiste reiteradamente en la soberanía, la no intervención y la defensa del Estado mexicano, quizá no solamente está hablando del presente. También puede estar delimitando el terreno político para lo que pudiera venir.
Y ahí surge un cuestionamiento incómodo: ¿será que la presidenta está preparando el discurso para enfrentar presiones externas sobre actores políticos mexicanos o, incluso, para deslindar al gobierno de futuras decisiones individuales o, por qué no decirlo, unilaterales que pudieran producirse?
No sabemos, pero hay algo que sí sabemos: en política, los discursos también construyen trincheras. Y cuando alguien comienza a cuidar las fronteras del discurso antes de que llegue la batalla, uno puede preguntarse si solamente está defendiendo el territorio… o también se está cuidando las espaldas.
