Mientras que en Sonora recientemente se anunciaron inversiones por más de 6 mil millones de pesos para modernizar sistemas de riego e infraestructura hidráulica, en Sinaloa surge una pregunta inevitable: ¿cuándo llegará una apuesta de esa magnitud para el principal estado productor de alimentos del país?
La discusión va mucho más allá de una obra pública o de un programa sexenal. Lo que está en juego es la capacidad de Sinaloa para seguir produciendo alimentos en un entorno donde el agua se ha convertido en el recurso más valioso y escaso para la agricultura.
Los últimos años han dejado una lección contundente. Las sequías prolongadas, las lluvias irregulares y el incremento de las temperaturas han cambiado las reglas del campo. Lo que antes parecía una situación excepcional comienza a convertirse en una nueva normalidad.
Sinaloa cuenta con una de las infraestructuras hidroagrícolas más importantes de América Latina. Sus presas, canales y distritos de riego permitieron durante décadas convertir extensas zonas áridas en una potencia agrícola capaz de abastecer a millones de consumidores dentro y fuera de México.
Sin embargo, gran parte de esa infraestructura fue diseñada para condiciones climáticas muy diferentes a las actuales. Hoy existen canales con pérdidas importantes por filtración, sistemas de distribución que requieren modernización y equipos cuya eficiencia está lejos de los estándares que exige el presente.
Cada metro cúbico de agua que se pierde en el trayecto hacia una parcela representa una oportunidad desperdiciada. En tiempos de abundancia, quizá era un problema manejable; en tiempos de escasez, puede marcar la diferencia entre sembrar o dejar la tierra sin cultivar.
La reducción de superficies agrícolas observada en algunos ciclos recientes es una señal de alerta. Miles de hectáreas dejaron de sembrarse debido a la falta de agua disponible en las presas. Detrás de cada hectárea sin cultivar existen empleos, ingresos familiares y actividad económica que también dejan de generarse.
La tecnificación del riego aparece, entonces, como una de las herramientas más importantes para enfrentar esta realidad. Sistemas presurizados, automatización de compuertas, monitoreo digital, medición precisa de consumos y mayor uso de riego por goteo pueden incrementar significativamente la eficiencia en el uso del agua.
Pero la solución no depende únicamente de la tecnología dentro de las parcelas. También es necesario modernizar la infraestructura principal que conecta presas, canales, drenes y módulos de riego. La eficiencia debe construirse desde el origen hasta el último surco.
La pregunta estratégica es sencilla: ¿cuánto le costaría a México perder capacidad productiva en Sinaloa? La respuesta probablemente sea mucho mayor que cualquier inversión necesaria para modernizar la infraestructura hidráulica del estado.
Después de todo, Sinaloa aporta una parte fundamental de la producción nacional de maíz, tomate, chile, pepino, mango, frijol y muchas otras hortalizas que llegan diariamente a las mesas mexicanas y a mercados internacionales. La seguridad alimentaria del país también depende de lo que ocurra aquí.
La inversión requerida tampoco debe verse como un gasto. Se trata de una inversión productiva capaz de generar rendimientos económicos, sociales y ambientales durante varias décadas. Cada litro de agua ahorrado fortalece la competitividad agrícola y reduce la vulnerabilidad frente a futuras sequías.
Gobierno Federal, Gobierno estatal, usuarios de riego y productores tienen una responsabilidad compartida. La magnitud del desafío supera las capacidades de cualquier actor por separado. Se requiere una visión conjunta y de largo plazo para construir soluciones duraderas.
También será necesario impulsar investigación, innovación y transferencia tecnológica. El futuro exigirá variedades más eficientes en consumo de agua, mejores prácticas agronómicas y herramientas que permitan producir más alimentos utilizando menos recursos.
Las recientes lluvias han generado optimismo en diversas regiones del estado y existe esperanza de una recuperación importante en los niveles de almacenamiento de las presas. Sin embargo, confiar únicamente en que la naturaleza resolverá el problema sería un error. La infraestructura debe prepararse para los años buenos y para los años difíciles.
El agua seguirá definiendo buena parte del futuro agrícola de México. Por eso, mientras otras regiones comienzan a recibir inversiones históricas para fortalecer su infraestructura hidráulica, Sinaloa debe formar parte de esa misma visión estratégica. El liderazgo agrícola que construyeron generaciones de productores merece una nueva etapa de modernización.
Porque cuidar el agua es cuidar la producción de alimentos, la economía rural y el bienestar de millones de personas. Y pocas inversiones pueden ofrecer un beneficio tan amplio como la que hoy necesita el sistema hidráulico sinaloense.
Esto fue Ruta Agrícola, donde cosechamos información.
