A mucho sol y poca sombra

Cantaba Pablo Milanes:

“Yo pisaré las calles nuevamente
De lo que fue Santiago ensangrentada
Y en una hermosa plaza liberada
Me detendré a llorar por los ausentes”

Culiacán se vistió de blanco.

Nos dijeron que era por la paz. Que había llegado la hora de dejar diferencias atrás. Que el dolor nos convocaba a todos. Que las víctimas estaban primero.

Muy bonito.

Hasta que una víctima quiso hablar.

Porque hay momentos en que la realidad tiene un sentido del humor particularmente cruel: puedes llenar una plaza de blanco, imprimir lonas gigantes, convocar empresarios, políticos, organizaciones y aspirantes a salvadores de Sinaloa; pero basta que una madre buscando a su hijo levante la voz para descubrir cuánto vale realmente el discurso.

El video que circula después de la movilización resulta revelador.

En el intercambio aparece, conocido empresario y personaje de presencia pública en Culiacán, uno de los líderes convocantes que circunda junto a un grupo entre el activismo- gremio empresarial y aspiraciones políticas, frente al reclamo de una madre que habla desde una realidad que ninguna campaña publicitaria puede fabricar: tener un hijo desaparecido.

Y ahí se acaba la poesía de la marcha.

Porque cuando el dolor real incomoda al espectáculo, parece que algunos prefieren el espectáculo.

En el material compartido se escucha una expresión que, dentro de ese intercambio, resulta brutal por el contexto: “es un muerto más”.

Un muerto más.

Tres palabras.

Tres palabras capaces de desnudar toneladas de discursos sobre la paz.

Porque para una estadística podrá existir “un muerto más”. Para una madre, jamás.

Para una familia no existe un desaparecido más. Tiene nombre. Tiene fotografías. Tiene una cama que quedó vacía. Tiene cumpleaños. Tiene una madre que despierta preguntándose dónde está.

Y por eso hay una soberbia particularmente insoportable cuando quienes pretenden convertirse en voceros de la tragedia terminan desacreditando o minimizando precisamente a quienes la padecen.

¿Querían escuchar a las víctimas?

Ahí estaba una.

¿Querían conocer el rostro de la violencia?

Ahí estaba una madre buscando a su hijo.

¿Querían saber qué significa perder la paz?

No necesitaban otro discurso desde el templete.

Necesitaban prestarle el micrófono.

Pero quizá ése sea el problema de ciertas manifestaciones cuidadosamente administradas: las víctimas funcionan extraordinariamente bien como concepto, hasta que quieren hablar por sí mismas.

Entonces incomodan.
Porque una madre buscadora no necesariamente respeta el guion.

No pregunta quién es empresario, quién pertenece a la derecha, quién quiere ser candidato, quién tiene amigos poderosos ni quién pagó el sonido.

Pregunta una cosa mucho más sencilla:

¿Dónde está mi hijo?

Y esa pregunta derrumba cualquier escenografía.

Por supuesto, nadie puede negar el derecho de los sectores empresariales y conservadores a manifestarse. La izquierda sería profundamente hipócrita si pretendiera decidir quién puede tomar las calles y quién no.

Las calles son del pueblo.

Pero justamente por eso tampoco son propiedad de quienes descubren la movilización social cuando resulta políticamente conveniente.

Y aquí aparece otra escena digna del surrealismo sinaloense.

En una marcha convocada para combatir la violencia aparecieron piñatas con los rostros de la presidenta Claudia Sheinbaum y de la gobernadora interina Graciela Domínguez.

Y hubo quien decidió golpearlas. Incluso convocó a niños a hacerlo y a prenderles fuego.

Marchar contra la violencia golpeando simbólicamente a dos mujeres.

Ni Buñuel lo habría escrito mejor.

Nos dirán que solamente eran piñatas.

Claro.

Pero en un Sinaloa donde llevamos demasiado tiempo intentando desterrar la pedagogía de la violencia, quizá no sea la imagen más inteligente enseñar que al adversario político se le representa para golpearlo.

Puedes criticar a Claudia Sheinbaum.

Puedes cuestionar a Graciela Domínguez.

Puedes exigirles resultados.

Puedes marchar todos los domingos si quieres.

Eso es democracia.

Pero si tu concepto de “paz” incluye golpear simbólicamente a quien políticamente detestas, entonces no estás enseñando paz.

Estás reproduciendo exactamente la violencia que dices combatir.

Y después aparece la madre.

La madre sin piñata.

La madre sin templete.

La madre con un hijo desaparecido.

Y ésa parece recibir menos consideración que los políticos de cartón.

Ahí está la fotografía moral de la jornada.

No significa que todas las personas que marcharon sean iguales. Sería injusto decirlo. Hubo ciudadanos genuinamente cansados de la inseguridad, familias con miedo, comerciantes afectados, jóvenes que quieren recuperar su ciudad y personas que tienen todo el derecho de reclamarle resultados al gobierno.

A ellas hay que escucharlas.

Pero precisamente por respeto a ellas hay que señalar a quienes pretendan transformar el sufrimiento colectivo en capital político.

Porque resulta sospechosamente cómodo abrazar a “las víctimas” en abstracto y desesperarse cuando una víctima concreta cuestiona.

Resulta sencillo hablar de desaparecidos desde un escenario.

Lo difícil es mirar a una madre a los ojos.

El gobierno tampoco puede responder con autocomplacencia. Hay violencia. Hay desapariciones. Hay familias rotas. Hay miedo. Y mientras eso exista, ningún gobierno puede declarar misión cumplida.

El gobierno tiene que responder.

Investigar.

Encontrar desaparecidos.

Combatir la impunidad.

Recuperar las colonias.

Ofrecer oportunidades a nuestros jóvenes.

Y construir paz desde las causas que alimentan la violencia: desigualdad, exclusión, adicciones, falta de oportunidades y décadas de normalización de la cultura criminal.

Pero exigirle al Estado no convierte automáticamente en autoridad moral a quien toma un micrófono.

La autoridad moral no se compra con una lona blanca serigrafiada con azul y tipografía de un partido político que cuando gobernó propició el empoderamiento de las organizaciones criminales que hoy se disputan Sinaloa.

Mucho menos se adquiere organizando una marcha.

Se demuestra cuando aparece frente a ti alguien cuyo dolor no puedes controlar.

Por eso, después de lo ocurrido, quizá debamos preguntarnos de qué paz estamos hablando.

¿La paz de las madres buscadoras?

¿O la paz de quienes deciden qué madre puede hablar?

¿La paz que reconstruye comunidad?

¿O la que golpea piñatas con el rostro del adversario?

¿La paz que coloca a las víctimas en el centro?

¿O la que coloca en el centro a quienes ya están pensando en convertir el descontento social en poder político?

Porque si de verdad queremos hablar de paz, establezcamos una regla elemental:

primero hablan las víctimas.

Después los empresarios.

Después los políticos.

Después quienes quieran candidato, candidatura, reflectores o aplausos.

Primero la madre que busca.

Porque para algunos podrá ser “un muerto más”.

Para ella era su hijo.

Y entre esas dos maneras de mirar una tragedia existe un abismo.

Un abismo que ninguna camisa blanca puede ocultar.

Y como cantaba Milanés: “y pagaran su culpa los traidores”