Reinventando la Política 

Siempre en política, la lealtad suele presumirse como una virtud, pero como decía Carlos Fuentes en la Silla del Aguila: es una rara forma de pagar en política. Eso sí, hasta que deja de ser conveniente. Entonces, lo que ayer era confianza se convierte en distancia y lo que hoy se presenta como traición mañana puede justificarse como una decisión necesaria para preservar el poder. Volviendo a Fuentes: “la traición es la morralla con la que se paga todos los días”.

La controversia alrededor de Maru Campos y las acusaciones de haber traicionado a su fiscal, retomadas por Reforma, abre una discusión que va más allá de los protagonistas: ¿hasta dónde llega la lealtad política y en qué momento comienzan a imponerse los intereses? ¿Cuándo el colaborador leal se vuelve fusible para que no se queme la estación central?

En las redes del poder, nadie camina completamente solo. Se construyen alianzas, se intercambian respaldos y se comparten responsabilidades. Pero esas relaciones no siempre descansan en convicciones; algunas se sostienen mientras existe utilidad mutua. Cuando el equilibrio se rompe, los antiguos aliados pueden convertirse en adversarios y las lealtades de ayer terminan bajo sospecha.

En El elogio de la traición, los politólogos franceses Denis Jeambar e Yves Roucaute plantean una provocación: la traición también puede formar parte de la dinámica política, especialmente cuando romper con una alianza permite modificar un orden que parecía inamovible. No significa que toda traición sea legítima, sino que la política difícilmente puede explicarse únicamente desde la moral de la amistad y la fidelidad personal.

El problema aparece cuando se confunde la conveniencia del gobernante con el interés público. Una cosa es cambiar de posición por razones de Estado y otra muy distinta utilizar a los aliados mientras resultan útiles para después abandonarlos cuando representan un costo político.

Por eso, más que preguntar quién traicionó a quién, convendría examinar qué intereses están en juego, quién gana con la ruptura y quién termina pagando sus consecuencias. En política, la lealtad puede durar lo que dura una coincidencia de intereses. La pregunta verdaderamente importante es si, detrás de esas alianzas y rupturas, prevalece la responsabilidad pública o simplemente la supervivencia de quienes ejercen el poder.

Porque, al final, la traición puede ser una estrategia política; convertirla en virtud, sin rendir cuentas… Y esa otra historia dijera la Nana Goya.