A mucho sol y poca sombra

“Ganar o perder, pero siempre con democracia.”
— Sócrates

Brasil volverá a decidir su futuro en segunda vuelta. Lula da Silva y Flávio Bolsonaro se encontrarán el próximo 25 de octubre después de una primera ronda en la que Bolsonaro obtuvo alrededor del 47% y Lula el 45%. (Reuters) Pero esta elección tiene un jugador que no aparece en la boleta y que durante años se instaló silenciosamente en uno de los espacios más importantes de la cultura popular brasileña: las casas de apuestas y su relación con el fútbol. En 2025, los 20 clubes de la Serie A brasileña tenían algún patrocinio relacionado con apuestas y 18 portaban una bet como patrocinador principal de camiseta.

Las apuestas dejaron de ser publicidad para convertirse en parte de la estructura económica del fútbol. Solo en 2025, los equipos de la Serie A recibieron alrededor de R$1,000 millones en publicidad directa de las casas de apuestas, aproximadamente 10% de sus ingresos recurrentes.

Entonces aparece una pregunta política: ¿qué ocurre cuando el deporte que moviliza a millones de personas comienza a depender económicamente de una industria?

Lula decidió responder.
El 25 de septiembre firmó la Medida Provisional 1.394/2026, que prohíbe en Brasil la explotación, oferta, intermediación y publicidad de las apuestas de cuota fija. Desde el 6 de octubre los sitios y aplicaciones deberán quedar fuera de operación.

La reacción demuestra hasta dónde llegó el poder económico de las bets. Clubes, federaciones y empresas comenzaron a movilizarse contra la decisión; organizaciones de la industria acudieron al Supremo Tribunal Federal y existe presión para modificar o derribar la medida cuando llegue al Congreso.

Pero Lula decidió enfrentar ese costo en plena campaña electoral.
Y aquí aparece la paradoja. La medida golpea financieramente al fútbol, pero socialmente parece favorecer una demanda popular: distintas encuestas recientes han registrado mayorías favorables a restringir o prohibir las apuestas digitales.

Lula convirtió así un problema de ludopatía, endeudamiento y concentración económica en una discusión política mucho mayor: ¿quién debe mandar, el mercado o la sociedad?
Desde la izquierda la respuesta debería ser sencilla: cuando una industria obtiene ganancias extraordinarias a costa del endeudamiento de las familias trabajadoras, el Estado no puede convertirse en espectador.

Y México debería mirar cuidadosamente hacia Brasil. Porque aquí también existe una relación cada vez más visible entre fútbol, apuestas, medios y grandes intereses económicos. La propia autoridad mexicana ha advertido durante el Mundial de 2026 sobre plataformas ilegales, fraudes y promociones engañosas vinculadas con apuestas deportivas. Y en el Congreso ya existen propuestas para restringir radicalmente su publicidad y patrocinio, incluso en eventos deportivos.

Brasil puede convertirse entonces en un espejo de lo que México tendrá que discutir rumbo a 2027 y 2030. El problema es más profundo, el poder económico también construye poder cultural y, eventualmente, capacidad de presión política.

Quien financia camisetas, transmisiones, estadios, clubes, influencers y contenidos digitales no compra automáticamente votos, pero sí adquiere presencia cotidiana frente a millones de ciudadanos y cuando un gobierno decide cerrar esa llave de dinero, descubre inmediatamente cuántos intereses dependían de ella.

Eso es exactamente lo que está viviendo Lula, México debería aprender antes de llegar al mismo punto.

Porque aquí también tendremos que preguntarnos si queremos un fútbol financiado cada vez más por la apuesta, si permitiremos que niñas, niños y jóvenes crezcan viendo normalizado el juego en cada partido y, sobre todo, cuánto poder estamos dispuestos a entregar a empresas privadas dentro de uno de los espacios culturales de mayor penetración popular.

Brasil hoy disputa mucho más que una elección presidencial. Disputa quién establece las reglas: Estado democrático o el dinero.

Y para la izquierda latinoamericana la lección debería ser clara: no basta ganar elecciones. Hay que impedir que el poder económico termine conquistando los espacios culturales donde el pueblo construye identidad.

Sócrates, aquel extraordinario futbolista brasileño que entendió que fútbol y democracia podían jugar en el mismo equipo, decía que los futbolistas tenían un enorme poder frente a sus propios jefes.
Quizá sea momento de recordar aquella generación.

Porque el “joga bonito” no debería convertirse en el “jogo do dinheiro”Y México debería mirar hacia Brasil, 2027 será un ensayo. 2030 todavía parece lejano pero en política, como en el fútbol, los partidos también se pueden perder mucho antes de que el árbitro pite el inicio.

Esperemos que como dijera el pelusa,

“Que la pelota no se manche”… más.