Reinventando la Política

En el tablero del poder,  al obradorismo le están comiendo una pieza muy importante, la que conducía las elecciones en el país, no es poca cosa, Guadalupe Taddei, pieza de Alfonso Durazo, con quien creció políticamente y después el expresidente López Obrador él mismo la validó públicamente para ocupar el INE.

La salida de Guadalupe Taddei del INE puede leerse más allá de los escándalos que hoy la rodean. También abre un debate para el obradorismo, acaso estamos ante el comienzo de un desmonte de las posiciones que conquistó dentro de las instituciones del Estado.

Guadalupe Taddei llegó a la presidencia del árbitro electoral en 2023, durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Su nombramiento ocurrió mediante insaculación, después de que la Cámara de Diputados no alcanzara un acuerdo para designar a las consejerías. No fue, por tanto, un nombramiento presidencial directo, aunque su llegada coincidió con el proyecto político que entonces gobernaba el país.

Ahora bien, con su salida anunciada y las investigaciones sobre presuntas irregularidades en contrataciones, el asunto adquiere otra dimensión. No se trata únicamente de la suerte de una funcionaria, sino de lo que puede ocurrir con los equilibrios de poder dentro de las instituciones que organizan, fiscalizan y arbitran la vida pública.

El obradorismo construyó una parte importante de su poder mediante las urnas, las mayorías legislativas y la colocación de perfiles afines en espacios institucionales. Pero el poder no es una fotografía: cambia, se desgasta y también pierde posiciones.

La salida de una figura puede ser un episodio aislado o formar parte de un reacomodo más amplio. Para saberlo habrá que mirar quién llega después y qué ocurre con las redes de influencia que permanecen dentro del aparato público.

Aquí está el punto delicado: el relevo en el INE no debería convertirse en una revancha política ni en una nueva batalla por controlar al árbitro electoral. Si el cambio termina fortaleciendo la autonomía del Instituto, la transparencia y los contrapesos, habrá una ganancia institucional. Si solamente sustituye a un grupo por otro, el problema seguirá intacto. Idéntico.

Por eso, más que anunciar la caída de una pieza del obradorismo, conviene observar si estamos ante un cambio de época en las estructuras del poder mexicano. Porque los proyectos políticos no desaparecen cuando pierden una posición; pueden conservar influencia, reorganizarse o adaptarse a nuevas circunstancias.

Y en esa disputa, las elecciones de 2027 serán una prueba decisiva para las instituciones. No porque la salida de Taddei determine su resultado, sino porque el proceso permitirá observar si el árbitro conserva su independencia frente a los partidos y al gobierno.

Al final, el verdadero desmonte no consiste en cambiar los nombres de quienes ocupan las oficinas. Consiste en modificar las relaciones de poder que permiten a cualquier grupo político confundir el Estado con su propio proyecto.