El movimiento morenista presume unidad, pero sus recientes procesos internos en Nayarit, Nuevo León y Guerrero comienzan a mostrar que debajo de esa aparente cohesión existen diferencias que podrían convertirse en problemas políticos.
En Nayarit, la decisión de que Jasmín Bugarín encabece el proyecto dejó inconformes a quienes consideraban que el ganador de la encuesta debía ser Héctor Santana. Sin embargo, este fue desplazado por el criterio de género. A ello se suma la polémica de la doble nacionalidad de esta, un asunto particularmente incómodo ante una narrativa de soberanía, pues existen restricciones legales para determinadas candidaturas.
El resultado tampoco parece haber dejado tranquilos ni al gobernador ni a la alcaldesa de Tepic. Mientras ellos siguen noqueados, la senadora Bugarín no encuentra cómo salir del enredo de haber nacido en Estados Unidos.
En Nuevo León, la situación es diferente. Tatiana Clouthier no apoyará la candidatura de Clara Luz Flores, pero no rompe con quien permitió la decisión: la presidenta Sheinbaum. Es una muestra de que dentro de Morena se puede discrepar, siempre y cuando no se cruce la línea que conduce a la ruptura con el poder presidencial.
Y en Guerrero, Félix Salgado Macedonio continúa realizando asambleas aun cuando el proceso ya terminó. Que sus simpatizantes le griten “¡gobernador!” puede parecer solamente entusiasmo, pero también puede interpretarse como una demostración de fuerza y de estructura territorial, un reto para la coordinadora en Guerrero.
¿Es esto el principio del resquebrajamiento de Morena? Probablemente todavía no, pero sí son señales de desgaste interno. Morena pasó de ser un movimiento que luchaba por llegar al poder a convertirse en el partido que debe repartir candidaturas, posiciones y territorios. Y ahí aparece el verdadero desafío: mantener unidos a quienes antes marchaban juntos contra el adversario, pero ahora compiten entre ellos por el mismo poder. Las elecciones suelen dividir a los partidos, pero las candidaturas pueden hacerlo todavía más.
En Sinaloa, no hay ruptura en Morena. No se ve. Lo que sí hay es un desplazamiento del centro de gravedad del poder, que se puede entender como un acto de prevención ante futuros sucesos producto de la relación bilateral con Estados Unidos, o tal vez no, tal vez fue un desplazamiento forzado de un grupo desde el poder. Nada más. Al tiempo.
En Sinaloa, lo que hay es violencia.
