El tipo de cambio suele verse como una variable financiera lejana al surco, asociada a pantallas, bancos centrales y reportes macroeconómicos. Sin embargo, en el sector agrícola mexicano está presente tanto en la exportación de frutas y hortalizas como en la formación del precio de los granos básicos. Ignorarlo equivale a producir sin considerar el entorno real del mercado.

 

En las exportaciones hortofrutícolas, el vínculo es directo. La mayor parte de las ventas hacia Estados Unidos se pactan en dólares. El precio puede ser atractivo en términos internacionales, pero el ingreso final depende del tipo de cambio al momento de convertir esa venta a pesos. Un peso depreciado incrementa el ingreso en moneda nacional. Un peso fuerte lo reduce, aun cuando el precio en dólares permanezca sin cambios.

 

El contraste reciente ayuda a entender la magnitud del impacto. Al cierre de 2024, el tipo de cambio se ubicó alrededor de 20.7 pesos por dólar. Ese nivel permitió a muchos exportadores compensar, al menos parcialmente, el incremento en insumos, logística y financiamiento. El dólar caro ofreció un margen de alivio en un contexto complicado.

 

Ese alivio, sin embargo, fue incompleto. El mismo tipo de cambio encareció semillas importadas, fertilizantes, agroquímicos, maquinaria y refacciones. Para algunos productores el beneficio cambiario fue real; para otros se diluyó rápidamente. El dólar ayudó a vender, pero también encareció la producción.

 

En 2025 el panorama cambió de manera significativa. El peso mexicano se fortaleció de forma sostenida y el año cerró con un tipo de cambio cercano a 18 pesos por dólar. Esta apreciación modificó de fondo la ecuación para el sector exportador. Cada dólar generado por la venta de tomate, berries o chile bell se convirtió en menos pesos, mientras los costos locales, como mano de obra, energía y servicios, mantuvieron una tendencia al alza.

 

Este escenario obligó a ajustar estrategias. La eficiencia dejó de ser un objetivo deseable y se convirtió en una condición de permanencia. La calidad pasó a ocupar un lugar central. Con un peso fuerte, cualquier merma pesa más y cualquier error se refleja de inmediato en el margen. El tipo de cambio dejó de ser un aliado automático.

 

El impacto no se limita a las hortalizas. En el mercado de granos, el tipo de cambio juega un papel igualmente decisivo, aunque opera a través de un mecanismo distinto. Maíz, trigo y soya se negocian en dólares en los mercados internacionales, con referencias como la Chicago Board of Trade. A partir de esas cotizaciones se construye el precio base que se traslada a los mercados nacionales.

 

Para los productores de granos, el precio final de la cosecha responde a una fórmula donde convergen dos variables clave: la cotización internacional de los commodities y el tipo de cambio vigente al momento de la liquidación. Por esa razón, existe una expectativa constante de que alguna de las dos se mueva a favor del productor. Si sube el precio internacional o si el dólar se fortalece frente al peso, aun con precios internacionales estables, se abre la posibilidad de un mayor ingreso en pesos.

 

Esa expectativa forma parte de la lógica cotidiana del campo. El productor sigue de cerca los reportes de mercado, el clima en otros países y las decisiones de política monetaria. Sabe que su ingreso depende de factores que no controla, pero que influyen de manera directa en su rentabilidad. La esperanza de que “se mueva la cotización” o “ayude el tipo de cambio” es parte de esa dinámica.

 

El problema surge cuando ninguna variable acompaña. Si la cotización internacional baja y, al mismo tiempo, el peso se aprecia, el impacto es doble. El precio en dólares se reduce y, al convertirlo a pesos, el ingreso final se contrae aún más. En esos escenarios, la liquidación suele quedar por debajo de lo esperado y la rentabilidad se vuelve frágil, incluso para productores eficientes.

 

Esta situación se volvió evidente en 2025. Con mercados internacionales que no siempre ofrecieron precios atractivos y un tipo de cambio que jugó en contra, muchos productores de granos sintieron que el esfuerzo del ciclo agrícola no se reflejó plenamente en el precio recibido. El mercado no compensó ni por cotización ni por tipo de cambio.

 

La pregunta de fondo es si el sector está integrando de manera sistemática este riesgo en sus decisiones productivas y comerciales. ¿Cuántas decisiones se siguen tomando todavía con la esperanza de que el mercado o el tipo de cambio se acomoden por sí solos? Confiar en que alguna variable externa se ajuste de manera favorable resulta cada vez más riesgoso en un entorno volátil. La gestión del riesgo cambiario, las coberturas, la planeación financiera y el seguimiento constante de los mercados ya forman parte de las condiciones mínimas para competir.

 

El cierre de 2025 dejó una lección clara. El tipo de cambio no determina por sí solo el desempeño del sector agrícola, pero sí condiciona de manera profunda sus resultados. Amplifica aciertos cuando existe planeación y agrava errores cuando domina la improvisación. Ignorarlo tiene un costo que suele pagarse al momento de la liquidación.

 

En un agro cada vez más integrado a los mercados internacionales, tanto en frutas y hortalizas como en granos, entender el tipo de cambio es tan importante como conocer el clima o los costos de producción. No se controla, pero se puede anticipar y gestionar. En esa diferencia se juega buena parte de la viabilidad del campo mexicano.

 

Esto fue Ruta Agrícola, donde cosechamos información.