Hay dos propiedades que comparten más historia de la que parece. El Mercado Izabal, ubicado sobre Domingo Rubí, nacido en 1954 como el abasto popular de una ciudad que crecía con hambre y ambición. Y, por otro lado, a 1,000 km de distancia en la CDMX nos encontramos el que fue durante décadas la guarida del legendario Bar León. Un espacio que también envejeció, perdió relevancia y parecía destinado al olvido. En 2014 alguien lo vio diferente. Lo reinventó. Y lo que siguió, lo transformo en lo que hoy es un edificio icónico de la colonia Roma, el ahora mítico Mercado Roma.
Hoy Culiacán tiene esa misma oportunidad y tiene nombre y dirección. El Mercado Izabal fue durante décadas el pulso comercial del centro. Mariscos, verduras, carnicerías, olores a ciudad viva. Con el tiempo, como casi todo el Centro, fue perdiendo densidad. La población del primer cuadro cayó de casi 20,000 habitantes a menos de 5,000 en cuatro décadas. Los negocios se fueron al norte, la población al sur. Las empresas grandes y las oficinas de Gobiernos dejaron de priorizar el centro, la movilidad pública, y apostaron por ubicaciones aleatorias. El Centro se quedó con la arquitectura, con la urbanización, pero sin el movimiento y sin iniciativa.
Lo que quedó, sin embargo, es valioso: una estructura con carácter, una ubicación que ningún fraccionamiento periférico puede replicar, y una ciudad que — según el DENUE del INEGI — sigue concentrando más de 5,200 negocios activos en esa zona. El esqueleto está. Lo que falta es visión.
Reconvertir el Mercado Izabal en un espacio gastronómico y cultural de escala — con locales curados, gastronomía sinaloense elevada, música en vivo, terrazas y vida nocturna de calidad — no es una idea romántica. Es un modelo probado que genera retornos reales y medibles en el tejido urbano que lo rodea.
Según mis cálculos, en los primeros 18 meses, las rentas comerciales sobre Domingo Rubí y sus calles adyacentes pasarían de $60–$90 por metro cuadrado a $150–$200. Las propiedades hoy subvaluadas a $8,000–$12,000 por metro cuadrado comenzarían a moverse. El flujo de personas haría el resto.
Entre los 18 meses y los tres años, el corredor empezaría a atraer bares independientes, cafés y restaurantes que buscan sumarse a un destino. La vida nocturna del Centro dejaría de ser aspiración para convertirse en agenda.
A partir del tercer año, la reconversión de inmuebles aledaños a uso mixto sería inevitable: planta baja comercial, departamentos en renta para los pisos superiores. El Centro volvería a tener habitantes. Y con habitantes, vuelve el valor.
Aquí como todo, la piedra en el zapato de estos grandes proyectos reside nada más y nada menos que en la voluntad política. El Ayuntamiento tendría que entrar a simplificar permisos, ofrecer incentivos fiscales, mejorar el alumbrado, garantizar seguridad pública nocturna, ofrecer un entorno más amigable para el transeúnte y apostarle activamente al proyecto, que, no es un gasto; es la inversión con mayor retorno que puede hacer en el centro de la ciudad.
El Centro de Culiacán tiene algo que el capital privado busca y raramente encuentra: arquitectura con identidad, historia acumulada y suelo a precio de oportunidad. Eso no dura para siempre.
Les hago una pregunta: ¿Ustedes creen que valga la pena detonar este mercado?
Leonardo CF.
DG Elece Bienes Raíces
