
Mazatlán, Sin.- Hace cinco años comenzó su pesadilla sin terminar, Verónica enviudó a los 31 años en el primer Culiacanazo en Sinaloa.
Ese jueves negro, sigue imborrable en su memoria, cuando su esposo de oficio carpintero, y un amigo, fueron víctimas mortales de los hechos en la capital en medio de una fallida operación de seguridad federal, en la que primero se detuvo a Ovidio Guzmán, hijo de Joaquín Guzmán Loera y después fue puesto en libertad.
Los dos jóvenes carpinteros transitaban por el bulevar Enrique Sánchez Alonso, en el Desarrollo Urbano Tres Ríos, siendo la vialidad situada por elementos de la milicia y hombres armados, venían de haber entregado muebles en el Centro de Ciencias de Sinaloa.
“Hoy cumple cinco años mi esposo de fallecido, en el primer Culiacanazo que hubo y todavía ando en vueltas, porque no me quieren pensionar. Al papá de mis hijos lo bajaron del carro, él se entregó y lo rafaguearon los soldados. Lo rafaguearon a sangre fría a él y a un amigo que iba con él. A él le pusieron armas en las manos, le quitaron cartera, le quitaron toda la herramienta que llevaba la camioneta. Adentro hay evidencia de que adentro no hubo sangre. Él era carpintero”.
Ahora, tras haber quedado a cargo por completo de sus cuatro hijos, los que procreó con José Nicolás, como se llamaba su esposo, del que se enamoró en Concordia y con el que se mudó a vivir a Culiacán, donde encontró la muerte, Verónica, quien ha preferido omitir sus apellidos, tuvo que hacerse fuerte a punta de golpes de vida.
Su familia desde entonces es desplazada por la violencia de la entidad, buscó establecerse con sus pequeños en Mazatlán, pero no la tuvo fácil.
Trató en un inicio de invadir, en intentos desesperados por brindarle techo seguro a sus hijos, pero fueron desalojados de dos viviendas en la periferia de la ciudad, luego buscó la forma de rentar, pasando hambre por días y cuando el exgobernador, Quirino Ordaz Coppel dio banderazo para el inicio del fraccionamiento CVIVE en Mazatlán en el 2021, Verónica con sus hijos se acercaron, y le pidieron un pie de casa, lo que al tiempo consiguieron, pero con problemas de servicios públicos.
“Pues yo me dedico a vender flores, flores eternas como le dicen, ahorita traigo una rifa, a veces me pongo a vender gorditas, lo que me deje algo para sustentar a mis hijos. Son cuatro hijos, ya mi niña tiene 16 años ahorita, estudia preparatoria, la otra estudia secundaria y tengo dos en escuela. No me alcanza, por eso yo ando peleando pensión, pero me dicen que lo tengo que ver con los de Sedena hasta allá en Culiacán y ahorita no he podido ir la verdad. No me permite la economía echar la vuelta hasta allá”.
Con todo este difícil panorama, Verónica desarrolló artritis reumatoide y lupus, lo que ha complicado aún más sus días, y el poder acudir a las instalaciones de la Secretaría de la Defensa Nacional en Culiacán, a donde le han obligado a ir, sí es que quiere tramitar la pensión por el asesinato de su esposo, que afirma y que la propia investigación de la Fiscalía General de la República lo confirmó, se dio a manos de los propios militares.
Ahora, a cinco años de distancia de aquel jueves 17 de octubre, no han encontrado justicia y su futuro es incierto ante las limitantes para sobrevivir día con día con cuatro hijos, siendo con ella, víctimas colaterales de un ‘Culiacanazo’.



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